LA PAZ Y LAS CONVERSACIONES PENDIENTES DEL SECTOR CULTURAL

Fueron dos días intensos en La Paz. Nos sentamos a escuchar un montón y a hablar entre nosotros. Para muchos fue la consigna principal. Hubo tensiones, pero también mentes que intentan resolver. Nos hacía falta mirarnos y escucharnos.

Las jornadas culturales impulsadas por el Viceministerio de Culturas y Folclore llegaron a la ciudad después de su paso por Oruro y Cobija, y todavía continúan su recorrido por el país. No hay conclusiones cerradas. Lo que hay, por ahora, es acumulación de voces.

Desde la organización, y como Directora General de Derechos y Economías Culturales y Creativas, Gabriela Claros mide ese proceso con una mezcla de expectativa y prudencia. “Nosotros apelábamos siempre a la participación, pero siempre puede ser una incertidumbre ver realmente la posibilidad o la capacidad de convocatoria”, explica. La respuesta, hasta ahora, ha sido desigual, pero significativa.

Nuestra participación

“En Oruro ha habido muy buena convocatoria, hemos tenido en mesas en total como 170 participantes, con una participación realmente activa ambos días y con resultados importantes que recogen justamente sus aportes y la necesidad de priorizar acciones”, señala, como quien intenta poner en orden lo que todavía está en construcción.

El contraste aparece cuando habla de Cobija. “En Cobija por supuesto la situación es diferente, es una de las que ya lo habíamos dicho, Pando es uno de los departamentos que requiere mayor atención, tanto para dinamizar como también para las acciones prioritarias con el sector que ya existe allá, que tiene actividad. En la participación hemos llegado más o menos a unos 30 participantes, un poco más, sin embargo, en Pando nos decían que eso había sido un éxito, normalmente llegan a 20 o un poco menos, pero sí ha habido una participación además linda en el sentido de que han sido también muy honestos en relación a las acciones y a identificar”.

El valor de estas jornadas no está solo en la cantidad de asistentes, sino en la franqueza con la que se están nombrando los problemas. “Para nosotros eso es importante, que todavía hay que trabajar condiciones base”, añade, marcando una línea clara entre los territorios donde ya se puede hablar de políticas y aquellos donde todavía hay que construir lo mínimo.

En La Paz, el panorama fue distinto. “Hemos tenido como 300 inscritos, siempre llegan menos, claro, pero en las mesas se ha visto justamente esa falta que hacían estos espacios, este tipo de espacio para dar la voz”, explica Claros. Y en esa idea aparece algo más que logística.

“Después de tantos años de poder encontrarnos, como 16 años más o menos, también escuchar todo lo que se ha activado y potenciado en los últimos años y que ahorita es importante también ponerle atención, accionar sobre eso, generar estas políticas que en realidad son el objetivo”.

Ese “después de tantos años” pesa. No es solo una referencia temporal, es una forma de medir el vacío. Extrañábamos.

Un documento enorme para ordenarnos mejor

En medio de las mesas y discusiones, hubo también un punto de partida concreto: un documento amplio que el Viceministerio puso en circulación. Un intento de reunir todo lo que ya se ha hecho, lo que falta y lo que podría sostenerse a largo plazo.

No parte de cero. Recoge años de diagnósticos, de intentos, de propuestas que quedaron a medio camino. Lo que busca es otra cosa: dejar de avanzar por partes y empezar a entender la cultura como un sistema completo.

Ahí aparece una idea que se repite en las mesas: la cultura no es solo lo que se produce. También es patrimonio, memoria, lenguas, identidades, formas de organización. Es decir, no es solo lo visible, sino todo lo que lo sostiene.

El problema es que ese sistema no está del todo conectado. Hay iniciativas, hay instituciones, hay trabajo, pero muchas veces en paralelo. Sin continuidad. Sin articulación real.

Por eso, el documento insiste en algo básico: sin condiciones, no hay sostenibilidad. No se trata solo de crear más, sino de poder sostener lo que ya existe. Y eso implica financiamiento, sí, pero también información, registro, infraestructura, estabilidad.

La falta de datos aparece como un problema concreto. No saber quiénes están trabajando, qué están haciendo o cuánto aportan vuelve difícil cualquier decisión. Sin esa base, todo termina siendo parcial.

También está el tema del patrimonio, que aparece más como urgencia que como discurso. Lo que se pierde, lo que no se registra, lo que no se cuida a tiempo.

Y en paralelo, la cultura empieza a pensarse como economía, aunque todavía sin herramientas claras para sostener esa idea. Genera movimiento, empleo, valor, pero no siempre es reconocida como tal.

El documento intenta ordenar todo eso sin apagarlo. Darle estructura a un ecosistema que es diverso, desigual y muchas veces precario, pero profundamente activo.

Críticas y debates

Pero el reencuentro no borra las fracturas. En una de las mesas, la cineasta Denise Arancibia pone en duda la profundidad de lo que se está construyendo. “Este documento está muy bueno como base; pero que todavía está muy genérico, se están perdiendo terminologías muy importantes como despatriarcalización o descolonización. Entonces esos son pasos para atrás, no para adelante”.

Su crítica no se queda en el lenguaje. Apunta a una estructura más amplia. “Hay pues una desarticulación del sector, no estamos muy conscientes de quién está haciendo qué o qué está pasando dónde, pero tiene que ver con el hecho de que no tenemos pues un estado que nos sostiene. Si tuviéramos leyes, normativas, si pudiéramos vivir de esto estaríamos más organizados. Así que es como un círculo, pero eso es así en general”.

Ese círculo, que se repite en distintas voces, aparece también como una transferencia de responsabilidad. “Es como que le hemos pasado un poco la pelota a la cancha del Viceministerio. Su responsabilidad es ser el nexo con el resto del Estado para que esto empiece a cuajar de alguna manera”.

Y sin embargo, incluso dentro de la crítica, hay un reconocimiento. “Es lindo recuperar estos espacios que se habían perdido. Eso me parece una gran movida del Viceministerio. Siento que hay de verdad una intención y apertura a que las cosas avancen”.

En otra mesa, la conversación giró hacia algo menos visible pero igual de determinante. La cantante Valeria Moeller lo explica sin rodeos. “Ahorita que estamos escuchando las conclusiones, obviamente muchas ideas se repiten. Están claras las necesidades en el sector cultural, pero creo que se han llegado buenas conclusiones. Son bastante evidentes y obvias al parecer”.

Lo “obvio” no lo vuelve menos urgente. “Que necesitamos aumentar presupuesto, que tiene que haber una mejor información, transparencia, que necesitamos tener los derechos básicos de cualquier trabajador que son seguros, jubilación”.

Pero su énfasis está en otro punto. “El manejo de la información es algo tan importante. En nuestra mesa específicamente se trataba del manejo de la cultura y de los datos. Ambos que son indispensables. Uno, para crear una historia contemporánea, que es lo que hemos hablado, de todos los datos que ya no tenemos, por ejemplo, que ya no están en las redes, ni en ningún lugar, y que hay que volver a generar”.

La ausencia de registro se vuelve una forma de pérdida. “Y también el de la creación de los nuevos datos actuales para poder tomar mejores decisiones. Con una base de datos, tanto de los artistas como de todo lo que nosotros generamos en el PIB, creo que se pueden tomar muchísimas más decisiones y tener más herramientas”.

Desde otra mesa, el antropólogo Milton Eyzaguirre resume lo que muchos parecen asumir. “La cultura es un tema bastante complejo y amplio, porque hay infinidad de elementos que están vinculados con estos espacios”.

Esa complejidad se traduce en tensiones cuando se habla de economía cultural. La productora Fernanda Antuña lo plantea desde la práctica. “Para trabajar y generar economías culturales, economías creativas, incluso hablar de industrias culturales, se tiene que reconocer que es un ecosistema en el que intervienen actores diferentes”, insiste, ampliando la discusión hacia quienes quedan al margen de los mecanismos de apoyo. En ese vacío aparecen investigadores, curadores o historiadores que, como ella misma sugiere, no siempre encuentran lugar en convocatorias o fondos pensados desde lo estrictamente artístico, pese a formar parte del mismo entramado que sostiene la producción cultural.

Antes de cerrar en La Paz, hubo también una decisión concreta. Fueron elegidos quienes conformarán el nuevo Consejo Departamental de las Culturas: Denise Arancibia, Patricia del Llano, Alfredo Villegas, Valeria Moller y Alejandra Wayar. Cada departamento elegirá a diez consejeros, en un intento de dar continuidad a este proceso más allá de las mesas.

El recorrido sigue. Vendrán otros departamentos, otras discusiones, otras formas de nombrar problemas que, en el fondo, se repiten.

Por ahora, lo que queda es esa escena poco habitual: la de un sector que, por un momento, dejó de hablar en fragmentos y decidió escucharse completo.

No es una solución. Pero es, al menos, el inicio de algo más grande.

Fotos. Viceministerio de Culturas y Folklore

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