
Todo empezó con una historia escrita hace siglos, y hoy sigue ocurriendo. En el Día del Libro, volvemos a William Shakespeare; pero desde la mirada de David Mondacca, el actor que encontró en sus textos no solo teatro, sino una forma de entender la vida.
Mondacca no llegó a Shakespeare como llegan los estudiantes de colegio, sino como llegan los náufragos: entre restos. Su padre, dice en Radio París La Paz, trabajaba en algo parecido a una aduana de libros, y en su casa aparecían paquetes con el objeto libro. “El libro me salvó, me salvó”, confiesa Mondacca. Su relación con la literatura empieza antes que el teatro. Y en ese primer acercamiento aparece un libro inesperado: una historieta de Hamlet. “Ese fue mi primer chispazo”, dice, ubicando ahí una semilla que tardaría años en germinar. Después vino el teatro, y con él la solemnidad. La palabra Shakespeare, recuerda, era pronunciada como si fuera una contraseña entre los actores. Los maestros repetían que para llegar a Hamlet había que ser un actor completo.
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Hubo un tiempo en que la televisión boliviana produjo obras de Shakespeare, y David Mondacca lo recuerda como una referencia casi irrepetible. “Seguramente fueron los mejores trabajos que realizó el Teatro Arlequín a cargo de Mabel Rivera”, dice sobre aquellas puestas dirigidas por la histórica mujer de teatro, que llevaron a la pantalla obras como Macbeth y Otelo. “Tenía muy buena producción, tenía así 50 actores”, recuerda, subrayando no solo la escala sino la calidad de un elenco donde destacaban figuras como Norma Merlo, Matías Marchiori o Luis Bredow. En ese contexto, explica, hacer Shakespeare implicaba algo más que montar un texto: “requería carácter y presencia, edad de alguna manera”, una combinación que hoy resulta difícil de reunir en un medio donde las condiciones han cambiado.

Foto: Archivo de Mabel Franco
David Mondacca lo dice sin rodeos: “Muchos maestros dicen que el sufrimiento, el conocer la vida, puede hacerte buen actor”. No es una idea abstracta. Ahí aparece Klaus Kinski, figura intensa del cine de Werner Herzog, que rechazaba la formación académica. “He sufrido tanto en mi vida”, decía. En esa frase se resume una idea incómoda: actuar no es solo técnica, también es experiencia vivida.
Con el tiempo las propuestas de Mondacca se volvieron unipersonales. Y en ese proceso de acercarse a William Shakespeare, no se quedó en la lectura ni en el ensayo, sino que salió a buscar respuestas en los viajes, en festivales, en otros escenarios. “Íbamos a festivales con Claudia (Andrade)”, recuerda, como quien reconstruye los recuerdos. En uno de esos recorridos se encontró con el actor peruano Edgar Guillén, y la experiencia lo marcó. “Ya un actor que en este momento tiene como 65 años de hacer teatro… él anda por los ochenta”, dice, subrayando una vida entera dedicada a escena. Lo vio hacer Ricardo III prácticamente solo, con una economía absoluta. “Tiene 365 funciones. Sin parar”, cuenta. “Lo mínimo que tuvo como público es una pareja… y lo máximo, 35”. En esa persistencia, más que una proeza, Mondacca reconoce una forma de fe: el teatro como acto íntimo y obstinado.
Cuando habla de William Shakespeare, lo hace como quien intenta abarcar algo que siempre se escapa. Retoma la idea de Harold Bloom, esa de que Shakespeare “ha inventado lo humano”, pero la aterriza a su propia experiencia de lector y actor. “Ha desglosado el espíritu humano en todas sus facetas, las más sórdidas como las más magníficas”, dice, y en esa frase cabe la ambición, la traición, el poder, el deseo. Para Mondacca, no hay tema que Shakespeare no haya tocado: “Habló de política, habló del poder, habló de la traición, habló de derecho… de todo”.
Y sin embargo, lo decisivo ocurre lejos de las tablas o las bibliotecas. Ocurre en la ciudad de El Alto, en una charla frente a un grupo de vecinos que escuchan una historia que creen ajena hasta que descubren que les pertenece. Mondacca les cuenta El rey Lear y, al terminar, varias manos se levantan: esa historia ya la conocemos, dicen, ese rey es un vecino, ese despojo lo vivieron muchos. Shakespeare, entonces, deja de ser inglés y se vuelve alteño, colla. Deja de ser un clásico y quizás se transforma en una noticia policial. Allí surge su Rey Lear.
En su propuesta más aterrizada, ese rey es ahora Reynaldo Lira, un hombre con bienes, con historia, con hijos que están viendo de reojo su herencia. “El destino se repite”, afirma, como si no hablara de ficción sino de algo que ocurre a diario. Ahí está el núcleo de su puesta: no ilustrar a Shakespeare, sino demostrar que sigue ocurriendo, que Lear no pertenece a otro tiempo, sino a este, donde las lealtades se negocian y la tragedia puede empezar dentro de la propia casa. Para hacer su Lear hay que haber llegado a cierto punto de la vida, como intuía Laurence Olivier cuando postergó el papel hasta sentirse capaz de habitarlo. No se trata de representar la vejez, sino de haberla recorrido bien. Mondacca tiene 70 años, está preparado.
El estreno de El último rey Lía se proyecta cercano, a mediados de julio del 2026, aunque condicionado por la disponibilidad siempre incierta de espacios. Tres funciones, quizá más, en una cartelera donde la música y otras formas culturales ocupan el centro. El teatro, como siempre, en los márgenes, resistiendo.
Y sin embargo, hay en todo esto una certeza que no necesita confirmación: William Shakespeare no ha dejado de ocurrir. No es una figura del pasado sino una máquina de leer el presente. Sus reyes siguen cayendo, sus hijos siguen traicionando, sus viejos siguen preguntándose en qué momento perdieron el control de la historia. Y en alguna calle de cualquier ciudad, un hombre llamado Reinaldo Lira repite, sin saberlo, una tragedia escrita hace siglos.

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