CASA GRITO, 10 AÑOS DE PERSISTENCIA

Casa Grito cumple diez años y Teatro Grito alcanza los veintiocho. La cifra, que en otros contextos podría ser un dato, aquí es una anomalía. Porque en Bolivia, y en esto Bernardo Arancibia no exagera, los espacios culturales no deberían ser heroicos, pero terminan siéndolo.

“Para cualquier ciudad de Bolivia, un espacio cultural es algo muy importante, porque no solo irradia arte o cultura, no solo muestra propuestas artísticas o genera espacios de formación, sino que también aporta a la comunidad en distintas formas y con valores que creo que son necesarios para una sociedad”, nos dice el Bernardo Arancibia.

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Su frase se alarga, se densifica, se vuelve casi un manifiesto involuntario: “Que un espacio como Casa Grito tenga diez años es un logro muy importante, no debería ser tan difícil en nuestro contexto, debería ser algo que simplemente ocurra, algo que se celebre sin necesidad de admiración, pero la verdad es que hoy en día, en nuestro contexto, lograr que un espacio cultural permanezca en el tiempo es un reto constante, es una acumulación de decisiones, de sacrificios, de persistencias que no siempre son visibles para quienes solo llegan a ver una función”.

Casa Grito no nació como un proyecto grandilocuente ni como una apuesta de impacto inmediato. No hicieron ningún show, simplemente abrieron las puertas y listo. Su mayor acierto fue haber permitido que el espacio se construya desde la práctica, desde el uso, desde la acumulación de experiencias que no siempre fueron exitosas pero que siempre fueron necesarias. Los que los vimos crecer lo sabemos muy bien.

“Cuando hicimos una especie de balance de estos años, nos dimos cuenta de que se han realizado más de 600 espectáculos y talleres, lo que suma más de mil presentaciones y eventos, y eso implica que ha pasado muchísima gente por nuestras salas, tantos artistas, tantos grupos, tantas propuestas que sería imposible recordarlas a todas sin correr el riesgo de olvidar algo importante”, dice Bernardo, y en esa imposibilidad de recordar todo aparece otra forma de verdad: la cultura independiente no se mide por la precisión de su archivo, sino por la intensidad de su tránsito.

 “Los grupos de teatro y de artes escénicas de La Paz han hecho de Casa Grito uno de sus espacios dentro del circuito de la ciudad, y eso lo valoramos mucho, porque si bien hay teatros más grandes, el nuestro es un espacio de pequeño formato, pero ha sido tomado en cuenta por nuestros colegas para presentar sus trabajos”, afirma Bernardo, y en esa frase se condensa una realidad que suele omitirse: en el arte independiente, el reconocimiento no viene de las instituciones, sino de los pares. Y se los siente como actores y actrices un día, y al día siguiente como un público fiel que se apoya permanentemente.

Se siente la misma sensación con el tránsito internacional, ese flujo discreto de artistas que llegan, se presentan y se van, dejando una huella mínima pero suficiente para que el nombre circule. Cómo no olvidarnos cuando Eugenio Barba valoró el recibimiento y trabajo en la Casa Grito cuando llegó para el FITAZ de hace algunos años. Tal como lo expresó, se sintió en casa.

“Han venido varios artistas internacionales que, estando de paso por La Paz o en tránsito hacia otros festivales, se han contactado con Casa Grito, y poco a poco el espacio se ha vuelto un referente dentro de un circuito más amplio, porque se han ido pasando la voz de que es un lugar bonito, donde se les trata bien, y eso es algo que siempre hemos cuidado”, dice Bernardo, y en esa cadena de recomendaciones se construye una reputación que no necesita campañas ni estrategias de marketing.

La comunidad es la consecuencia de un trabajo entregado. “No hemos buscado acercarnos a un público específico ni que las personas del barrio se apropien del espacio de manera intencionada o estratégica, más bien hemos tratado de abrirnos a la mayor cantidad de propuestas artísticas, de sectores y de actividades, para que el espacio pueda convocar a personas de distintos lugares de la ciudad y de El Alto, no tanto por lo geográfico sino por el interés en las actividades”, explica Bernardo, y en esa ausencia de segmentación hay una forma de libertad que rara vez se permite en otros ámbitos.

Sin embargo, han escogido un público más que vital para el arte. “Hemos procurado hacer actividades para las infancias, para niños y niñas, porque creemos que si bien hay cada vez más espacios artísticos en la ciudad, la oferta para este público sigue siendo menor, y aunque Casa Grito no es un espacio exclusivamente dedicado a eso, sí le damos una prioridad importante”, dice, y en esa prioridad se juega algo más que programación: se juega el futuro del público. ¿Estamos ubicando lo que significa eso? Están formando a las chicas y chicos como un consumidores y hacedores de teatro.

Pero no todo es fácil en La Paz y más aún en el barrio en el que se encuentran. “Cubrir los costos operativos de un espacio es siempre un desafío, y además lograr mantener una actividad constante también lo fue, especialmente al inicio, cuando la gente se acerca por novedad pero luego la curva baja y ahí es donde realmente empieza el trabajo de convocar, de sostener al público, de hacer que la experiencia de asistir a Casa Grito sea positiva”, explica Bernardo, y la frase podría extenderse indefinidamente porque el desafío no termina nunca.

“Cada fin de semana seguimos aprendiendo cómo convocar, cómo mejorar, cómo hacer que el espacio siga siendo atractivo, y al mismo tiempo es fundamental contar con un equipo comprometido, porque estos espacios no son solo una oportunidad laboral, son espacios de resistencia, de convicción, de motivación, y mantener un equipo que comparta esos valores también es un desafío constante”. La programación, en ese contexto, no es solo una oferta, es una estrategia de supervivencia.

“Tenemos presentaciones principalmente teatrales, pero también incluimos danza, stand-up comedy, música acústica, proyecciones audiovisuales, tratamos de ser diversos, y además hay una oferta formativa con clases de teatro para distintos grupos y talleres de danza flamenca, además de otros talleres que surgen de iniciativas específicas”, enumera Arancibia, y en esa diversidad hay una intención clara: no depender de una sola forma de público.

En ese camino, la red aparece como una estrategia de fortalecimiento. Ser parte de la Coordinadora Plurinacional de Espacios Culturales Autogestionados de Bolivia no es una formalidad, es una necesidad. A principios del año pudimos ver el trabajo de la Coordinadora haciendo el esfuerzo por mostrarnos sus espacios, sus actividades, sus formas naturales.

“Creemos que trabajar en red, articularnos, conocer otras experiencias, compartir errores y actividades comunes, fortalece a cada espacio y también al movimiento cultural en su conjunto, por eso participamos activamente, asistimos a reuniones, aportamos desde donde podemos, porque el simple hecho de estar ya es una forma de contribuir”, explica Bernardo, y en esa lógica colectiva se construye una resistencia menos solitaria.

Y finalmente está Teatro Grito, ese organismo que ha ido cambiando sin perder su identidad, que ha atravesado distintas etapas como cualquier cuerpo vivo.

28 años del Grito

“Veintiocho años es toda una vida, y en ese tiempo el trabajo ha ido mutando, evolucionando, con momentos altos y bajos, como todo proceso creativo y humano, hemos llegado a un punto donde tenemos una estética propia, una forma de hacer y decir, pero que no es estática, porque siempre está cambiando según lo que queremos expresar y lo que nos inspira o nos confronta”, dice Bernardo, y la frase resume una trayectoria que no se puede fijar en una sola definición.

“No tenemos una formación académica única, cada integrante que ha pasado ha aportado algo, ha modificado dinámicas, estéticas, ideas, y eso ha hecho que el grupo crezca desde la diversidad”, añade, y en esa acumulación de aportes se construye una identidad que es, al mismo tiempo, múltiple.

La meta es bien clarita. “Queremos llegar a los 30 años, es una meta cercana y realizable, y a partir de ahí seguir soñando con conocer más lugares, más festivales, más países, incluso otros continentes como Europa, Asia o África, que todavía son una tarea pendiente para el grupo en su totalidad”, dice, y el deseo se proyecta más allá de las fronteras sin perder el anclaje local.

Pero quizás la confesión más reveladora es la más cotidiana.

“Tener un espacio propio es un privilegio, porque en el teatro, además de lo difícil que es crear, tener un lugar donde trabajar todos los días cambia todo, saber dónde está cada metro, cómo funciona la luz, cómo se va a ver la obra, eso es una ganancia enorme”, explica Bernardo, y en esa familiaridad con el espacio se construye una forma de pertenencia que no se puede trasladar fácilmente.

Aunque, como todo organismo que quiere seguir vivo, Teatro Grito evita encerrarse en sí mismo.

“Nos gusta presentarnos en Casa Grito, pero también buscamos salir, ir a otros espacios, a otros lugares, porque si no corremos el riesgo de implosionar, de quedarnos hacia adentro, y esa no es la idea”, concluye.

Y entonces queda claro que Casa Grito y Teatro Grito no son una excepción, ni siquiera un modelo, sino una persistencia, una forma de estar en el mundo cultural boliviano que se sostiene a pesar de todo, que crece cuando puede, que resiste cuando debe y que, sobre todo, insiste en existir como si eso, en sí mismo, fuera ya una forma suficiente de revolución. Hicieron una fiesta bonita, reconocieron a los vitales y se abrazaron, como siempre se abrazan, gritando quizás la palabra mágica en el teatro: Mierda!!!!

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