EL HILO INVISIBLE DEL CONOCIMIENTO: VIAJEROS FRANCESES Y SABERES EN DISPUTA EN LA BOLIVIA DEL SIGLO XIX

Redacción

Una ponencia para mirar de nuevo

En la Alianza Francesa de La Paz, en el marco del ciclo Francia y sus personajes, la investigadora Kurmi Soto propuso una lectura que desborda el anecdotario de viajeros para internarse en las estructuras profundas de la producción de conocimiento en el siglo XIX. Su exposición, vinculada a su tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, se inscribe en un proyecto que busca reconstruir redes de sociabilidad intelectual y entender cómo circulaban las ideas en un momento de intensa transformación.

“En realidad, esta es una investigación de largo aliento que forma parte de un proyecto que tengo de reconstrucción de redes de sociabilidad en la segunda mitad del siglo XIX. Me interesa entender cómo son las dinámicas que se están produciendo dentro de las esferas intelectuales en ese momento, y una parte muy importante de la transferencia de conocimiento y de la circulación es la presencia de estos extranjeros”, explicó.

La ponencia, más que ofrecer respuestas cerradas, abre una serie de preguntas sobre la autoría, la legitimidad y los silencios que atraviesan la historia intelectual de Bolivia.

Entrevista completa en Radio París La Paz:

El hilo negro del desconocimiento

El concepto que articula esta reflexión proviene de una escena evocada por Gabriel René Moreno, quien recuerda la llegada a su casa, en Santa Cruz, de tres viajeros franceses que luego alcanzarían notoriedad en Europa: Francis de Castelnau, Hugues Weddell y Comte de D’Osery. Durante su estancia, intercambian información con el padre de Moreno, acceden a documentos y comparten largas conversaciones.

“Según lo que recuerda el joven Gabriel René Moreno, han sido momentos de mucha confraternización en los que su padre les ha dado una cantidad muy importante de documentación. Y lastimosamente, cuando ellos volvieron a Francia y publicaron muchas de sus obras que los volvieron famosos, ellos no le dieron el crédito al padre de René Moreno. Entonces, la conclusión de esa anécdota es que muchos de estos libros están cosidos por el hilo negro del desconocimiento”, explicó Soto.

La imagen condensa una lógica que se repite a lo largo del siglo: la apropiación de saberes locales que, al ser traducidos y publicados en Europa, pierden su origen.

Viajar para conocer, escribir para ordenar

El siglo XIX se presenta como un momento de apertura tras las independencias, cuando América Latina se convierte en un territorio de exploración científica y literaria. “Estos fenómenos se producen en un momento en el que América se está abriendo… y particularmente en la segunda mitad del siglo XIX”, señaló Soto.

En este contexto, la distinción entre viajero científico y romántico se vuelve difusa. “Yo creo que hay que matizar, porque en la segunda mitad del siglo XIX son casi indiferenciados. El gran viajero romántico también es un viajero científico, no solamente utiliza mecanismos literarios, sino también todo un aparataje de legitimación vinculado a la ciencia”, explicó.

La escritura es central en este proceso. “Evidentemente el género principal es la crónica. Son grandes escritores, juegan con el folletín, escriben para un público amplio que busca aventuras, pero también para academias que legitiman sus descubrimientos”, afirmó.

En esa doble dimensión, la referencia a Mary Louise Pratt permite entender que describir el territorio es también una forma de apropiarlo simbólicamente.

Competencias, disputas y apropiaciones

Lejos de una empresa armoniosa, el campo científico aparece marcado por rivalidades. “Sobre todo alrededor de la década de 1870 vienen muchos franceses que van a estar en disputa frontal. Van a querer llegar primero, por ejemplo al Illimani, hay una competencia muy fuerte por coronarse como el primero”, relató Soto.

En ese escenario aparecen figuras como el explorador Charles Wiener, protagonista de disputas no solo territoriales, sino también intelectuales. “Se roban. Entre ellos se roban cosas. Se roban libros, se acusan. Hay muchas tramas en la construcción de este conocimiento”, explicó.

Otro personaje singular es el sismólogo austriaco Rudolf Falb, cuya presencia en la región mezcla ciencia y especulación. “Es un personaje fascinante, porque a la par de sus estudios también juega con predicciones, habla del fin del mundo, del diluvio universal, y cuando llega al Illimani dice haber alcanzado la cima y haber recibido una especie de lengua primigenia, una lengua de Adán que luego publica en alemán”, relató Soto, subrayando el carácter ambiguo de estos relatos.

El idioma, nuevamente, aparece como un factor determinante. “El francés y el alemán eran las lenguas de transmisión del conocimiento, entonces muchos de estos textos circulan en esos idiomas y eso limita su acceso”, explicó.

El caso del sacerdote Isaac Escobar resulta especialmente revelador. Tras colaborar con Wiener en un diccionario aymara, ve su trabajo apropiado. “Se va a enojar tanto que va a ir a Francia y va a hacer publicar su propio ensayo en francés, para disputar ese espacio de legitimidad”, contó Soto.

Los invisibles de la ciencia

La figura del gran viajero, tal como ha sido transmitida, oculta una red de colaboradores. “Para crear ese tipo de conocimiento se necesitan equipos grandes. Dibujantes, grabadores, exploradores, informantes”, explicó Soto.

El naturalista Alcide d’Orbigny encarna esta tensión. Aunque su nombre se ha consolidado como referencia central, su trabajo dependía de múltiples actores. “D’Orbigny viajaba con técnicos franceses, especialistas en distintas áreas, y detrás de esa gran figura hay una trama de informantes que falta investigar”, señaló.

Esta perspectiva dialoga con los planteamientos del historiador Steven Shapin, quien ha cuestionado la idea de autoría individual en la ciencia y ha visibilizado el rol de los llamados “técnicos invisibles”.

Fascinación, ciencia y poder

La pregunta por lo que atraía a estos viajeros a Bolivia no tiene una respuesta única. “Es difícil saber exactamente qué los fascinaba, pero creo que estaban obnubilados por este mundo absolutamente diferente al suyo”, reflexionó Soto.

Sin embargo, esa fascinación convive con intereses más concretos. “No hay que ser ingenuos. Hay intereses políticos, ideológicos y particularmente económicos. Hay una mezcla entre la aventura personal y la presencia de potencias que ven un posible espacio de conquista”, afirmó.

En este sentido, los viajeros no son figuras aisladas, sino parte de proyectos más amplios. “Estos viajeros sirven a proyectos civilizatorios mayores”, señaló, en línea con las lecturas críticas de la literatura de viajes.

Reescribir desde los márgenes

La investigación de Kurmi Soto también se detiene en figuras locales como Julio Lucas Jaimes, que permiten comprender cómo los intelectuales bolivianos participaron activamente en estos circuitos.

“En el siglo XIX, la palabra escrita era un espacio de disputa, un espacio de construcción, un espacio de conflicto, pero también un espacio de construcción de élites. Era un lugar privilegiado para entender la sociedad”, explicó.

Volver a estos textos implica recuperar no solo lo que dicen, sino también lo que silencian. En ese entramado de presencias y ausencias, de nombres propios y voces omitidas, se revela una historia más compleja del conocimiento.

Porque, como sugiere Soto, es en ese hilo oscuro, persistente y casi invisible, donde se encuentra una de las claves para entender cómo se ha tejido lo que hoy creemos saber.

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