LA OBRA INCONCLUSA DE JAIME TABORGA

Lucía Camerati

La conversación comienza en la sala de su casa en Sopocachi, en un espacio donde cada objeto remite a una vida atravesada por la sencillez. Jaime Taborga me invita un café pero prefiero agua, mientras su perrito atraviesa la escena con la familiaridad de quien también habita su ritmo y su voz tomada por el resfrío. Han pasado apenas unos días desde la presentación de su primera novela La obra inconclusa, pero el libro no aparece como un punto de llegada. Más bien, como una estación dentro de un proceso que sigue abierto.

Taborga llega a la novela desde una trayectoria amplia en la poesía, la filosofía y las artes visuales. Su escritura ha estado marcada por esa mezcla de registros, por una insistencia en pensar el lenguaje más allá de sus límites formales. Por eso, cuando habla de este libro, lo hace desde el origen: “Inicialmente no sabía dónde iba a llegar”. Durante años, escribe sin un plan narrativo definido: “una serie de escritos dispersos, poéticos, filosóficos, analíticos…”, materiales que no buscan todavía una unidad, pero que la contienen en potencia.

Ese conjunto crece, se desplaza, se contamina de otras formas. “Yo pensaba en cine, pensaba en animación, pensaba en collage…”, recuerda, como si la novela hubiera sido solo una de las posibles salidas. Lo narrativo aparece después, casi como una revelación: “descubrí que había ahí una novela”. No es el inicio de algo, sino el reconocimiento de una forma que ya estaba latente.

En ese universo aparece Alberto, el protagonista. Un artista. Un desplazado. Alguien a quien su propia condición termina expulsando: “sale de su casa… votado por su mujer, por artista”, dice Taborga, en una frase que condensa el conflicto inicial. Ese gesto marca el tono de la novela. Alberto no encuentra lugar en la vida cotidiana y se instala en una pensión que no es un espacio cualquiera.

Esa pensión es, en realidad, una construcción simbólica. Una traducción del grabado Melencolia I, donde la figura de Alberto Durero atraviesa toda la obra. “Esta pensión es la Melancolía 1”, explica, y en esa afirmación se revela una clave central: la novela está habitada por la idea de construcción. No solo en su forma, sino en su contenido. Todo está en proceso. Todo parece a medio hacer, como las construcciones en La Paz.

Taborga insiste en esa imagen. Habla de materiales, de piezas, de elementos dispersos, yo me imagino el sonido de un martillo. “Da la impresión de que se trata de una obra inconclusa… somos materiales ahí, esparramados”, dice, y la frase no se limita a describir una imagen: describe una condición. La del artista. La de la obra. La del mundo.

En ese espacio en construcción, Alberto toma una decisión radical: no comer. La referencia a Un artista del hambre de Kafka aparece. “¿has leído ese texto?”, me pregunta. Le digo que no. Taborga la amplía y la desplaza: “Es una metáfora… al no comer… a no consumir tanta basura. La gente no piensa, no hace las cosas por sí mismas”. El hambre deja de ser un acto físico para convertirse en una postura frente al mundo. No consumir. No aceptar. Resistir. Hace media hora, me había pedido que no lo filme, quizás por esa razón.

Y esa idea se repite, se transforma, vuelve. “Hay muchos sentidos… qué es el arte del hambre, a dónde lleva el arte del hambre…”, dice, reconociendo que la novela no busca fijar un significado, sino multiplicarlo. El personaje se mueve entre lo literal y lo simbólico, entre el gesto extremo y la reflexión. No come, pero tampoco habla directamente: otros personajes asumen esa función. “No puede estar dando discursos”, explica Taborga, y por eso aparecen figuras que encarnan ideas, que contradicen, que expanden el pensamiento.

La novela avanza así, como una construcción permanente, yo sigo escuchando a los obreros trabajando. Taborga lo dice de forma explícita: una obra es “una construcción, el resultado de un esfuerzo, una idea hecha realidad”. Y para explicarlo, recurre a una imagen concreta: la de una casa que se construye poco a poco, que nunca se termina del todo, que sigue creciendo con el tiempo, afectada por circunstancias externas, por interrupciones, por desvíos. La guerra, la vida, el contexto.

Esa lógica atraviesa todo el libro. Está en los personajes. Está en la estructura. Está incluso en el lenguaje. La novela está dividida en 52 parágrafos, y hubo un momento en que esa estructura se volvió casi obsesiva: “los primeros 48 tenían el mismo número de palabras”, recuerda. Luego abandona esa rigidez, pero no la idea de fondo. Escribir es ensamblar. Es construir con piezas.

La conversación se desplaza entonces hacia otro espacio. Al hablar de sus proyectos futuros, Taborga se conduce hacia su biblioteca. Allí, el orden cambia, el perrito me ladra como si invadiera el lugar más importante de la casa, capaz cree que me voy a robar algo importante. Los libros se acumulan como si formaran parte de un archivo vivo, son edificios de libros. Es en ese lugar donde el tono también se transforma: deja de hablar del libro que acaba de aparecer y empieza a hablar de los que vienen.

Menciona, primero, un nuevo poemario que ya está en imprenta y que continúa su trabajo en poesía. Luego, uno de poesía reunida, un volumen más amplio que busca recoger y ordenar años de escritura, incluyendo materiales inéditos. Y finalmente, un tercer libro: una antología de su trabajo en collage, un proyecto más complejo en su realización, pensado como un objeto en sí mismo, con cuidado en el papel, la imagen y la edición. Lo ha pensado todo desde la edición independiente, porque le parece injusto que una editorial solo te de unos cuantos números. Promete avisarme cuando estén estos nuevos libros.

No hay pausa entre estos proyectos. No hay sensación de cierre. Su novela no clausura nada. Al contrario, parece abrir una nueva etapa en un proceso que sigue expandiéndose en su sala, en su cocina, en la biblioteca junto a su perrito, en su casa por Sopocachi.

Y mientras nuevos libros ya están en camino, la sensación persiste: en el universo de Taborga, nada se cierra del todo. Toca leerlo.

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