YO Y MI MAMÁ FUIMOS HIJAS CÓNDOR

Por Rebeka Tari

Cuando vas a ver la película La Hija Cóndor sabes a lo que te vas a someter: ver de cerca la relación íntima entre una madre y una hija. Sabes muy bien cómo es irse de casa y dejar a mamá. Irse por un sueño, cualquier sueño, pero irse.

Y mientras ves la película te pones a pensar en los silencios que hubo con tu mamá y en los silencios que tuvo tu mamá con tu abuela. Tener su cama al lado de su cama, caminar nomás, ese acto de intimidad entre madre e hija para ir donde sea y, de cuando en cuando, esa discusión que deja una sensación única porque es la mujer de tu vida, ese amor eterno que nunca te dejaría, pero vos sí.

Escuché por ahí decir, con frialdad masculina, que la película responde a una fórmula de cine actual, que tomar un tema femenino o feminista es querer estar de moda, que las imágenes lentas y el ámbito rural también, fija, te pondrían en festivales y que por eso ganas premios. Me quedé pensando en esa lectura, algo envidiosa, y le di la vuelta a la idea pensando en mi mamá. Claro que hay una fórmula, pero otra, me dije: todas nos queremos emancipar. Es un lugar común en las chicas, en las mujeres jóvenes, incluso en las mujeres viejas. Y cada una vive su aventura. Cuántas historias de emancipación habrá, cómo se emanciparán en el campo y cuánto les costará.

“¿Y si me voy?”, pensamos. Yo no me fui lejos, pero salir de mi casa, en su momento, fue un escándalo, peor que estar embarazada. Sin embargo, la primera en entenderlo fue mi madre. Ella también se había ido hace muchísimos años y más lejos todavía. Lo entendía plenamente, pero sé que le dolía.

Así lo entiende la actriz más joven, Marisol, que me dijo: “Yo entiendo el viaje como algo triste, como que ya no vas a volver, un viaje largo como cuando mi mamá se fue a Londres”. No es lo mismo migrar que hacer gira con tu película. Esta chica ha viajado para ir a festivales por la peli, su primera vez en Canadá y Bogotá, y no como migrante, sino como artista. Es diferente al resto. Por eso, para ella, es un suceso en su vida, como el hecho de ser la dueña, junto a su hermana, de su grupo musical “Estrellas del Valle”. Independiente y ya facturando a los 21 años.

También me acordé de Carmen Beatriz Loza, sobre todo en las escenas de parto. Carmen, historiadora de la ciencia en Bolivia, hizo un trabajo sobre las mujeres parteras. Y en su momento me comentó muchísimos datos, como que antes había categorías de parteras, matronas (que trajeron el sistema europeo) y tocólogos (que después se volverían ginecólogos). Pero que también estaban las nodrizas, un sinfín de mujeres indígenas que dieron de lactar a los niños cuyas madres no querían amamantar. También me contó que en la ciudad de La Paz las mujeres preferían tener parteras y que hubo todo un movimiento, incluso de mujeres de élite, para que las parteras reciban sueldo, un ítem como los médicos. Y que la lucha era muy encarnizada en su momento porque empezaron a apuntar a las parteras como causantes de mortalidad materna. Todo eso repasé mientras veíamos ese ritual del parto andino: cocina, calor, canto, penumbra y wawitas.

La actriz mayor, la gran María Magdalena Sanizo, la quechuista de radio, la que ganó el premio a mejor actriz en Málaga, es la que me llevó directo a pensar en mi madre o mi abuela. Esta mujer tierna tiene un rostro duro en la película, camina lento, sabe lo que hace todo el tiempo, es sabia, ella y su personaje, la partera del pueblo. La “madre” que cuida a las mujeres, la madre que te da el rol de acompañarla, la que también asume wawitas fallecidas.

Por otro lado, la música en esta película es especial. Muy femenina, tremendamente femenina, desde el canto de la actriz, la música chicha que sigue de moda y es tendencia entre las cholitas cochalas, unos segundos bellos de Voz Abierta y el canto profundo de Elvira Espejo que lo envuelve todo en una escena tremenda. Ahí me alegré tanto, tanto, de que la voz de Elvira acompañe esa escena. ¡Esa escena!

En la proyección de la peli estaba presente un bebé que lloraba. En otra película quizás hubiera renegado, pero esta vez tuve que ser más paciente, porque la película era sobre traer niños al mundo. Qué incongruente sería que una wawa sea excluida aunque no entienda. Igualmente tuve que ser más tolerante con su madre, que hizo todo un escándalo porque no tenía asiento, le habían dado su butaca a otra persona. “¡Shusssss!”, le decíamos, y la otra: “¡He pagado por mi entrada!”. A los minutos, la protagonista nos calmó porque empezó a cantar “Patita Patita” en la pantalla, esa canción que amamos tanto de Luzmila Carpio.

Así de caótico es traer wawas al mundo, así de caótico y difícil ha debido ser para el director Álvaro Olmos Torrico traer esta su wawa al mundo. Y cómo se nota que escogió traerla con mujeres, actrices y parteras de emociones, porque allí, en el cine, lloramos muchas. Por nuestra madre, por nuestra hija, quién sabe por qué sería, pero había dos mujeres llorando a mi lado. Yo lloré por ese vuelo que una hace en su mundo, por la mirada serena de las madres y porque todo corresponde al ciclo: maternar y cuidar debe ser también dejar partir.

La Hija Cóndor, película boliviana ganadora de premios internacionales, ya está en nuestras salas. Es para verla en el cine. Altamente recomendable. Bella.

Comparte esto:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.