
Redacción La Escoba
Esta exposición hay que verla escuchando “Un hombre solitario”. En el Museo Nacional de Arte, Torbellinos y Emancipación no guarda silencio: murmura, insiste, revienta, danza lentamente. Y allí está Max Aruquipa con el pulso más preciso: relatando en primera persona una vida dedicada a discutir la realidad como un benemérito de la utopía.
“Es una retrospectiva debido a su nombre mismo, es desde los años 70 hasta el día de hoy”, me cuenta Aruquipa, con una claridad que evita cualquier grandilocuencia. Y enseguida precisa: “Básicamente son trabajos que han ido a lo largo de cuatro o cinco décadas reuniéndose… hay mucho más, pero esto es una selección”.
“Ha sido una cosecha de trabajo, de esfuerzo, de algunos momentos con mucha pasión y otros momentos que se han ido decayendo también”, reconoce, como quien entiende que el arte no se construye solo con inspiración, sino también con desgaste.
El grabado como trinchera
La exposición funciona como una toma de posición. “El eje principal del trabajo es una crítica social de nuestro medio”, afirma Aruquipa, sin rodeos. Esa crítica no surge en el vacío. Se alimenta de influencias que el artista enumera casi como si dibujara un mapa: “Hay influencias de Oriente, Occidente y Norteamérica… y todo eso aterriza en Latinoamérica y en Bolivia, prácticamente en La Paz”.
“Porque el arte como la historia no es lineal, avanza, se detiene y retrocede”, dice, y en esa frase parece resumirse no solo su obra, sino también el país que la contiene.
Talleres, maestros y piedras rescatadas
Antes de convertirse en su lenguaje, el grabado fue su oficio, su comunidad. Aruquipa recuerda esos años con una precisión la madera, las herramientas, los talleres.
“Desde jovencito me dediqué a la restauración, a la reproducción de obras… tuve la oportunidad de conocer a estos maestros de La Paz”, cuenta. Y los nombra, como quien no quiere que el tiempo los borre: Alfredo Flores, Felipe Solís.
Pero el relato se vuelve más profundo cuando aparecen las piedras litográficas: “Había un depósito de piedras y máquinas que quedaban en el aire, obsoletas… entonces nosotros nos pusimos a recabar fondos para poder comprarlas”.
No es solo una anécdota: es casi una escena fundacional. Artistas rescatando herramientas abandonadas, trasladándolas a la Academia de Bellas Artes, devolviéndoles vida.
“Ahí el grabado dejó de ser solo técnica para convertirse en lenguaje”, podría decirse, pero Aruquipa lo dice mejor sin decirlo: trabajando.
Iconografía del torbellino y el desconcierto

En las paredes, la historia reciente de Bolivia aparece sin filtros ni metáforas complacientes. “Esto es una devaluación”, explica frente a una obra. Y de inmediato activa la memoria: “El dinero en efectivo en dos semanas… los intercambios por kilo, por especies”.
En otra pieza, el tono cambia, pero no la intención: “Es una tragicomedia… cómo los pactos de gobierno, de partidos políticos, juegan con las leyes”. Y describe la escena con precisión casi teatral: pistolas, vino, máquinas de escribir, militares, abogados. El país es un escenario en crisis.
“Cada seis meses se daban los golpes de Estado”, recuerda, y la frase no necesita adjetivos. Está dicha como quien ha visto repetirse una misma escena demasiadas veces.
El título de la muestra lo define. “Yo creo que es un tema adecuado hablar en este momento”, dice el artista, y enseguida lanza una frase que resuena más allá de la sala: “Uno no sabe si está vivo o muerto o va a seguir así la cosa”. El torbellino es eso: incertidumbre, confusión, pérdida de horizonte.
Emancipación y la búsqueda interna
Frente a ese caos, la palabra emancipación aparece como una promesa, pero también como un desafío. “La emancipación se refiere a la liberación… fuera o interno”, explica. Y luego se detiene en una imagen concreta: “Aquí está una señora que está sola… tiene que aprender a buscarse a sí misma”.
La libertad, entonces, no es un acto colectivo ni un discurso político. Es un proceso íntimo. A veces solitario.
“Retirar todo lo malo… y si es posible la confrontación”, dice, como si la emancipación implicara también conflicto, ruptura, incomodidad.
Entre lo popular y lo personal
Miembro activo de la morenada Cocanis, Max Aruquipa no habla de la fiesta como quien la contempla, sino como quien la atraviesa con el cuerpo y la memoria. En ese cruce entre vida y celebración aparece Jacha Flores, su amigo, cómplice de ensayos y noches largas, figura entrañable de esa morenada que no se termina cuando se apaga la música. “Era su fuente de vida”, recuerda Aruquipa, y en esa afirmación se condensa una existencia entera entregada al ritmo. Pero el gesto más revelador no está solo en el recuerdo, sino en la obra: El hombre solitario. Aruquipa lo fija en esa doble condición: el que baila , pero bailando solo No es únicamente un homenaje, sino una forma de hacerlo presente, de prolongar su movimiento más allá del tiempo, como si en cada línea del grabado todavía latiera, aunque sea en silencio, el eco persistente de la morenada.

Inundar el mundo
En un momento donde la imagen digital lo invade todo, Aruquipa sostiene una apuesta casi obstinada: el grabado como herramienta de difusión.
“Yo mismo me he desafiado… si la fotografía era más rápida, entonces el grabado era el más próximo para competir”, explica. Y la razón es simple: “Se hacían varias copias… era posible regalar o facilitar su venta”.
“Inundar el mundo del grabado, esa fue mi meta”, afirma, y no suena a exageración. Suena a programa.
Al final, más que una retrospectiva, Torbellinos y Emancipación es una declaración de continuidad. Porque, como dice el propio Aruquipa, el trabajo no se detiene: se acumula, se transforma, insiste.
La exposición en el Museo Nacional de Arte se extiende hasta el 15 de abril.

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