
Rebeka Tari
Suena la séptima de Beethoven en el cine, pero con sintetizadores. Entre los asistentes están dos músicos, un literato, un actor de cine y teatro, y gente que no conozco. Hay nomás público, quizás al medio, está sentado, solo, Luis Espinal. Es viernes… En la noche.
Nos sometemos a algo que sabemos será raro y de bajo presupuesto. Así son los personajes que nos presenta la película, precarios, futuristas, de esos chiquitos que nunca sabes qué hacen en la calle pero siempre están haciendo algo, están viviendo intensamente su historia, que quizás no nos interesa, pero que quizás llevan consigo la metáfora de un país. De pronto, la ciudad del 2046 se presenta a través de sus construcciones, de sus edificios, y después folklóricamente en su propio Halloween, con esas máscaras que te van a hacer dar miedo, con ese rostro que jamás va a dar la cara, edificios abrazados por la niebla, te dicen cosas, te susurran todo el tiempo con la música, cada ratito una puesta en escena de la realidad. Se aprovechan de todo lo que La Paz te regala, es una ciudad que vomita policías, gente que se disfraza hasta decir basta, hombres que se relatean lindo delante de tu cámara, hombres reales que te regalan sus propias líneas en la historia, y de ahí música que se corta de repente para mostrarte el silencio y el cielo de alguien que se cree drugo, que es un drugo colla del futuro con poncho y máscara que no muestra rostro sino algo como un kusillo hecho bolsa, de alguien que se da el permiso de destrozar e interrogar el racismo. Todo te imaginas después, porque te dicen de entrada que es una lectura de La Naranja Mecánica de Anthony Burgess,. No dejo de pensar en los traumas del escritor quién escribió semejante historia porque su primera esposa fue atacada y violada por cuatro desertores del ejército estadounidense en Londres mientras estaba embarazada. No dejo de pensar que no le gustó lo que hizo Kubrick con su historia. ¿Le gustaría está nueva lectura? Me pregunto.
Piensas en los delincuentes que tienen naturaleza de delincuentes, pero a la vez piensas en el sistema en sí que te convierte en un sujeto que te va a mirar raro siempre porque está al margen. Ocho personas se salen del cine. Capaz están pensando que está película es cualquier cosa, capaz no vieron la Naranja Mecánica, capaz no soportan lo grotesco, lo sincero, lo marginal, o capaz para ellos no es cine. Se salen como se salen en una de Aronofsky. Estafados o diciendo: esto no es para mí.
Sin embargo, detrás mío el literato tiene cara de Scorsese diciendo que es cine, más allá se rie el músico cuando te muestran la cárcel. De todo pasa, cosas para quitar, cosas para aplaudir, momentos musicales bien puestos, locaciones brutales, esta ciudad te regala camiones, árboles, perros, fiesta, todo gratis te te lo da. Al salir reflexionas un montón, piensas en los grupos de choque, piensas en los intelectuales de choque, piensas en todos los choques posibles, y empiezas a desmenuzar lo que te mostraron.
¿Dónde estará Espinal?, me digo. Espinal se queda hasta el final. Después saldrá, sólo, por Miraflores y después será torturado y asesinado por unos llunk’us de la dictadura. De esos que caminaban orgullosos, no de blanco, pero sí en patota, dispuestos a matar.
Llunk’us, en el Multicine.
Hoy, día del cine boliviano.

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