
En el silencio previo a la función, cuando el telón todavía no se abre y el teatro respira una expectación antigua, Ana Ariscurinaga seguramente pensará en el tiempo. Veinte años no se dicen rápido. Se bailan. En el escenario del Teatro Municipal Alberto Saavedra Pérez, el Ballet Folkórico de La Paz BAFOPAZ comenzará a celebrar sus dos décadas de trabajo con un gesto que es también una declaración: volver a casa con las obras que los han definido y con otras nuevas que empiezan a escribir el futuro. “Estamos muy orgullosos de lo que hemos logrado”, dice Ana, la Directora Artística del ballet.
Cinco veces el Premio Eduardo Abaroa ha reconocido su trabajo. Pero Ana matiza: no es una sola victoria, es una historia familiar. “He ganado yo una vez, luego mi esposo, luego yo otra vez, luego mi hermana… y el año del Bicentenario volví a ganar”. En BAFOPAZ, el arte no es una carrera individual sino una trama compartida. Ella y Víctor Hugo Salinas, el Director General, han construido líneas creativas complementarias: mientras Ana se inclina por la investigación de culturas menos visibilizadas, él mira hacia la memoria migrante. En El viaje de cada año recrea la llegada de los potosinos a la ciudad a fin de año. “Es una obra fuerte, te lleva a las lágrimas”, confiesa ella. Y al recordarla, se le quiebra apenas la voz.

El folclore es la raíz, pero no el límite. “Nosotros nunca queremos tergiversar nuestras danzas”, aclara. Tampoco se refugian en una pureza rígida. Lo que hacen es folclore para escenario: técnica clásica para estilizar la postura, contemporánea para expandir la expresividad, dramaturgia para que cada cuadro cuente una historia. Los bailarines no solo entrenan el cuerpo —elongación, elasticidad, resistencia—; estudian contextos, letras, biografías. “Solo así es posible transmitir lo que el autor quiso decir”, explica. No basta con ejecutar el paso: hay que encarnarlo.
El programa de aniversario es un mapa emocional del país. Raqaypampa y Aiquile dialogan en una coreografía que ha ido creciendo con los años. El cuadro ha cerrado festivales internacionales en 47 giras. “Cuando anuncian que Bolivia cierra el festival y son nuestras danzas, es un gran orgullo”, dice. En Europa, el folclore boliviano ha sido ovacionado ante miles de personas. En Portugal, recuerda, diez mil espectadores asistieron al cierre de un festival multitudinario. En Bélgica, Francia, Eslovenia u Holanda, la recepción ha sido igualmente cálida. “El folklore boliviano es muy reconocido, muy querido”.
Pero el viaje no está exento de tensiones. En esos mismos festivales, otras delegaciones presentan danzas bolivianas —caporal, diablada, morenada— bajo el rótulo difuso de “danzas andinas”. Ana no alza la voz; explica que hablan con los directores, que ejercen una diplomacia silenciosa. “Tomamos la camiseta y el escudo y defendemos nuestro folklore”. No es un gesto de confrontación sino de identidad. Le entristece, incluso, que países con tradiciones tan ricas salgan al exterior con coreografías ajenas. “Perú tiene danzas preciosas. Chile lo mismo. Es no reconocer el valor que uno tiene”.

En escena también hay memoria compartida. Jaira de Corazón, el homenaje a Los Jairas, incorpora ahora un fragmento dedicado a Violeta Parra y su vínculo con la historia musical andina. Hay un cuadro dedicado a Gilberto Rojas que busca tender un puente cultural entre oriente y occidente; otro que rescata estribillos inéditos de los hermanos Estrada para la saya; uno más que imagina una leyenda en torno al jaguar amenazado por el fuego y la devastación. “Queremos contar historias que impacten”, repite Ana. Historias que hagan llorar o que obliguen al espectador a levantarse de la butaca.
La invitación es sencilla. El 25, 26 y 27, a las siete de la tarde, BAFOPAZ abre las puertas de su aniversario con un espectáculo de dos horas, sin pausas ni concesiones al cansancio. Los precios, insiste, son accesibles: “Queremos que la mayor cantidad de gente pueda acompañarnos”. Quizá ahí esté el verdadero sentido de estos veinte años: no solo viajar por el mundo y cerrar festivales, sino volver siempre al punto de partida. Volver al teatro lleno, a la ciudad propia, y danzar, con disciplina, con estudio, con emoción, una identidad que no se improvisa. Se construye paso a paso.

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