
La celebración de los 50 años de trayectoria artística de Willy Claure llegará esta semana a los dos principales escenarios del área metropolitana paceña. El miércoles 8 de julio se presentará en el Teatro Raúl Salmón de la Barra, en la ciudad de El Alto, mientras que el jueves 9 ofrecerá el concierto de cierre de la gira nacional en el Salón Illimani del Campo Ferial Chuquiago Marka, en La Paz.
Las conmemoraciones suelen invitar a la nostalgia. Mirar fotografías, enumerar hitos, escuchar muchísimos discos de vinilos y casetes, y recorrer una cronología casi siempre termina convirtiéndose en una manera de domesticar el tiempo. Willy Claure parece escapar de esa lógica. A cincuenta años de haber iniciado su camino en la música, el pasado ocupa un lugar importante, pero nunca definitivo. Sus palabras regresan una y otra vez hacia lo que todavía falta por hacer: nuevas composiciones, proyectos de gestión cultural, leyes que protejan el patrimonio musical boliviano y un sueño que parece sencillo, aunque encierra toda una declaración de principios: que el Día de la Cueca Boliviana sea una jornada en la que el país entero vuelva a encontrarse bailando una misma danza.
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La gira nacional que celebra este medio siglo de trayectoria nace precisamente desde esa mirada. No se trata únicamente de revisar un repertorio construido durante décadas ni de reunir las canciones más conocidas de su carrera. Es la oportunidad de recorrer la historia de un creador que hizo de la música un espacio de investigación permanente, de diálogo con otras sonoridades y de una convicción que atraviesa toda su obra.
Nos cuenta: «Después de comenzar a tocar la guitarra hubo cambios. Antes me gustaba participar en concursos de canto en los que no tocaba ningún instrumento, más que la voz. Luego, con la guitarra, fue un descubrir de otro mundo, conocer artistas e incluso llegar a tocar y compartir escenario con personajes que yo admiraba desde niño».
Aquella guitarra terminó siendo mucho más que un instrumento. Fue una forma de ampliar el horizonte. Los concursos dejaron de tener importancia y la música comenzó a entenderse como un territorio donde cabían el aprendizaje, los encuentros y una curiosidad que, cinco décadas después, continúa intacta.
Las raíces como punto de partida
En tiempos donde la palabra «innovación» suele asociarse con romper todo vínculo con el pasado, Willy Claure propone una idea distinta. Para él, la transformación comienza precisamente en el conocimiento de aquello que se desea transformar. La tradición deja de ser una carga cuando se convierte en una fuente de posibilidades.
Aclara: «Fundamentalmente es necesario saber de dónde venimos y a dónde vamos. Si conocemos y sabemos lo que tenemos como manifestaciones culturales, en este caso musicales, podemos cambiar las reglas».
La decisión de volver
Pocas trayectorias artísticas transcurren sin momentos de incertidumbre. En el caso de Claure, esa duda apareció cuando las responsabilidades familiares hicieron que la música comenzara a medirse también desde la estabilidad económica. La posibilidad de abandonar el folclore para ingresar al rock y al jazz dejó de ser una inquietud estética y pasó a convertirse en una decisión práctica.
«Sí, esto sucedió justamente en el momento en que conformé una familia a la que tenía que sostener económicamente» lo confirma. Trabajar en la escritura de partituras de sus composiciones y presentarlas posteriormente en distintos escenarios terminó devolviéndolo a la certeza de que su lugar estaba allí donde podía construir una voz propia.
«Me di cuenta que si hacía jazz o rock, era menos importante que hacer mi propia música y además boliviana, cien por ciento.»
Un legado que todavía se escribe
Hablar de influencias suele conducir inevitablemente hacia los maestros. Claure recuerda con naturalidad las enseñanzas recibidas de artistas como Emma Junaro, Jaime Junaro y William Ernesto Centellas, no solo por su calidad interpretativa, sino por la manera en que entendían el escenario como un lugar de comunicación.
«He aprendido mucho de mis mayores», recuerda con agradecimiento. Esa misma reflexión aparece cuando piensa en las nuevas generaciones. Su postura resulta especialmente significativa porque desplaza el debate habitual sobre la recuperación del patrimonio hacia otra pregunta: ¿qué patrimonio heredarán quienes todavía no han llegado?

«Yo prefiero dejar obras nuevas para las futuras generaciones y creo que lo estoy logrando», nos dice.
Más que custodiar un repertorio ya existente, Claure parece interesado en ampliarlo, convencido de que toda tradición necesita nuevas páginas para seguir contando su historia.
Un concierto que recorre distintas vidas
El programa de la gira aniversario refleja esa amplitud de intereses. El noventa y nueve por ciento del repertorio pertenece a su autoría y atraviesa distintas etapas de su producción, desde las cuecas que el público identifica inmediatamente hasta composiciones menos conocidas.
Conviven allí piezas que ya forman parte de su identidad artística con obras que considera indispensables interpretar en cada concierto, como Cuecas de regreso y Cuento del mundo, de Matilde Casazola, además de Olvídate de mí, de Yayo Joffré. El resultado no pretende construir una antología definitiva, sino mostrar el recorrido de un compositor que nunca limitó su curiosidad creativa a un único registro.
La gira comenzó en Cochabamba, pasó por Sucre, Santa Cruz y Oruro, y concluirá en El Alto y La Paz. Más que una sucesión de conciertos, ha sido un reencuentro con públicos que acompañaron distintas etapas de su historia.
Toda celebración importante termina revelando algo más que un listado de invitados. En este caso, las presencias de Esther Marisol y Octavia hablan de vínculos construidos durante años alrededor de la música.
La participación de Esther Marisol responde a una amistad consolidada y al afecto compartido por la cueca boliviana, mientras que Octavia representa una relación artística de más de tres décadas, marcada por la difusión de No le digas, con letra de Jaime Sáenz y la música compartida con Jesús Durán.
Una canción para la memoria y lo que permanece

Entre decenas de composiciones, elegir una sola podría parecer un ejercicio imposible. Sin embargo, cuando la pregunta deja de ser artística y se vuelve personal, la respuesta aparece sin rodeos. Afirma: «Pienso que esa canción es una cueca. Mi cueca Eres mi mañana, que está dedicada a mi hija Gaya»
No es casual que la obra elegida nazca del ámbito familiar. Después de cincuenta años de carrera, el repertorio público y la vida privada terminan encontrándose en una misma melodía.
La transformación tecnológica ha modificado profundamente la forma en que la música circula. Claure reconoce esa realidad con naturalidad. Sus composiciones habitan hoy plataformas digitales mientras los antiguos formatos físicos forman parte de otra época.
«No me imagino cómo será dentro de cincuenta años… Lo importante será que quede en la memoria de mi público y de mi país», afirma.
Quizá allí resida el verdadero sentido de este aniversario. No en contabilizar conciertos, discos o reconocimientos, sino en preguntarse qué permanece cuando cambian los formatos, las tecnologías y las maneras de escuchar. Para Willy Claure, permanece aquello que fortalece la identidad.
No sorprende, entonces, que cuando resume medio siglo de trayectoria en una sola palabra elija precisamente esa.
«Identidad». Porque entiende que la música no solo acompaña una cultura. Esa convicción explica por qué, cincuenta años después de haber comenzado a tocar la guitarra, sigue pensando más en las canciones que aún no existen que en las que ya forman parte de la memoria colectiva.
Fotos: Claudia Daza

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