
Por: Claudia Cecilia Cabrera Rower
El fútbol nació como una forma poética y democrática de encuentro colectivo, representada por once hombres enumerados, con unos cachos, una remera y el disputado balón. Así empezó el Mundial 2026 en México, con un contraste de protestas sociales, madres de los desaparecidos y una marea verde de charros, tacos y ajolotes, mezclados con postales pintorescas y con 133 millones de corazones mexicanos que pusieron velitas, hicieron las tan llamadas «cábalas» y se dieron cita en el Estadio Azteca, en silencio, para recibir a su selección.
Como son los azares del destino, este México 2026 me recordó al México que coronó a Pelé en 1970, con la alegría, los colores y esa mística, esa aura, ese ajayu que representa un Mundial: un objetivo que une a todo un país, con millones de ojos puestos en la tan llamada «selección».
México – Sudáfrica
La Selección Mexicana saltó a la cancha con un esquema táctico 4-1-4-1 planteado por el técnico Javier Aguirre, con un histórico Rafael Márquez como parte de su cuerpo técnico, desplazado en el banco, frente a una Sudáfrica nerviosa y tímida por el debut. La historia repetía lo siguiente: «México nunca ganó su primer partido en una Copa del Mundo». Pues esa tarde, en la cancha, la historia cambió; tras una repartija de tarjetas rojas que se quedará para los números, terminó con un 2-0 a favor de México en el marcador.
Canadá – Bosnia y Herzegovina
Por otro lado, los reflectores, los periódicos y la prensa nos hablaban de la selección de Canadá. Ya había sido sorpresa en el Mundial de Catar 2022, con un juego dinámico, vistoso y con un movedizo Davies como referente en el puesto de lateral izquierdo. Pues ahora las cartas estaban echadas sobre la mesa: le haría frente a Bosnia y Herzegovina. El empate 1-1 se clavó en el arco tras un remate cruzado y, ¡zas!, también en el score. Las estadísticas dirían lo siguiente: «El primer empate en el Mundial».
Estados Unidos – Paraguay
Y así llegamos a tierras estadounidenses, en medio de tensiones internacionales, con el conflicto entre Irán y Estados Unidos ocupando titulares, una crisis migratoria que sigue marcando la agenda y un ambiente que, históricamente, no ha respirado fútbol como en otras latitudes. Aquí predominan el béisbol y el fútbol americano, mientras nuestro deporte, el fútbol, es conocido simplemente como «soccer».
A todo ello se suman los elevados costos que rodean al torneo. El fútbol nació como un espectáculo del pueblo y para el pueblo, pero los precios de esta Copa del Mundo parecen alejarlo cada vez más de quienes le dieron vida. Quizás, desde las altas esferas de la FIFA, la visión sea distinta.
La selección de Estados Unidos debutó una noche con un stadium lleno, con un Pulisic encendido como en sus mejores épocas en la Premier League. ¡Qué jugador fantástico! Desequilibró el juego desde el minuto 1′, hizo la gambeta, la asistencia y lideró el ataque de Estados Unidos, donde liquidó como en la guerra a una valiente selección de Paraguay del Profe Alfaro, que volvía a un Mundial después de una larga ausencia de diez años. El marcador terminó 4-1 para los números, pero pienso que la selección guaraní tiene mucho más historia que contar.
Quiero creer que el Mundial me regalará una llave así especial en la que se encuentren las selecciones de Estados Unidos e Irán y que, por vueltas de la vida, el fútbol hable solo y que Irán liquide a Estados Unidos en el último minuto. Imagínense ese titular de periódico: «Irán sacó hoy a Estados Unidos del Mundial en el minuto 90».
Brasil – Marruecos
Otro cierto día llegó ese cruce esperado con mucha expectativa y con una previa así caliente de semifinal entre las selecciones de Brasil y Marruecos. Ese partido entre la Verdeamarela de Ancelotti y el actual campeón del fútbol africano era un partido aparte.
Creo que a Brasil le faltó algo de ese «jogo bonito» que lo ha caracterizado históricamente, quizá también la chispa de una figura como Neymar para desequilibrar en los momentos clave. Por otro lado, Marruecos confirmó que no es una sorpresa pasajera: es un proyecto sólido, trabajado en silencio, que viene creciendo torneo tras torneo y que ya se ha ganado el respeto del mundo. Ese equipo casi gana la Eurocopa y está cerca de un Mundial. El 2-2 cerró el score final.
Alemania – Curazao
En el cuarto día de competición, mi fixture me marcó un duelo que venía esperando: el partido entre Alemania y Curazao. Y, mamita mía, no me defraudó. El resultado fue contundente: un 7-1 a favor de los alemanes, una declaración de intenciones al resto del mundo.
Ese score es un guiño genial y un gol de chilena al fútbol. Si hablamos de estadísticas, la última vez que Alemania ganó 7-1 fue cuando salió campeón del mundo en Brasil 2014. Entonces, mientras buena parte de las miradas se concentran en favoritas como España o Francia, la Mannschaft vuelve a enviar un mensaje claro: está presente, competitiva y lista para pelear. Con su estilo característico, Alemania no necesita alzar la voz; le basta con jugar.
Países Bajos – Japón
Uff… llegó el partido que muchos fanáticos de «Supercampeones», desde wawas, esperábamos: Países Bajos contra Japón. El Mundial nos regaló ese cruce y no decepcionó.
Pude ver a la Naranja Mecánica y a los «Supercampeones saiyayines» en todo su esplendor. Fue uno de los mejores partidos hasta la fecha. Japón le empató a Países Bajos en el último minuto con un cabezazo al ángulo del arco, con toda la fuerza del kung fu, de un Keito Nakamura de 1,55 metros de altura contra 1,87 metros de un jugador holandés.
El 2-2 final se gritó como si fuera una final del mundo. Un partido que parece escrito para la historieta, para el anime y para la memoria de estas wawas que, sí, quedaron felices.
España – Cabo Verde
Finalmente, llegó el debut de la «favorita» de la Copa del Mundo: una España con todas sus figuras frente a la selección de Cabo Verde. En la previa, el técnico español Luis de la Fuente Castillo había encendido el ambiente con declaraciones contundentes en conferencia de prensa, asegurando: “Somos los mejores” y “Tenemos el mejor mediocampo del mundo”, sin hacer referencia directa a su rival.
Pero, tal cual como nos han enseñado las mejores historias del fútbol y de la literatura, en la quinta fecha apareció un silencioso equipo que desafió los números y la estadística. Junto al arquero Vozinha, de 40 años, un guardameta digno de una auténtica masterclass, evocó las mejores versiones de Neuer y Buffon; como un muro inmenso de adobe y cemento, puso el cerrojo durante 90 minutos a ese poderío de España y le ganó la pulseta. Con un score imposible, el partido terminó 0-0. Este dato ya está, pues, en todos los libros.
Este equipo nos recordó el origen de este juego, el espíritu, el ajayu que debe ser parte de este reencuentro colectivo, de esta declaración de intenciones de todos los países. Nos recordó esas postales, esas historias épicas, esas remontadas, esos marcadores imposibles, esas pulsetas y esas hazañas con balón.
Así que mi titular hasta la fecha es el siguiente: «Vozinha, electricista de día y jugador de fútbol de noche, en 90 minutos le ganó la pulseta a la favorita». Imagínense ese titular y ese score; son, pues, para la repisa y para los libros.

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