LA RAE: 40 AÑOS TRATANDO DE ENTENDER A BOLIVIA

Nuestras montañas amanecieron blancas y el frío parece acentuar aún más la antigüedad de las piedras del centro de la ciudad, allá por la Plaza Murillo. En el antiguo Palacio de los Marqueses de Villaverde, hoy sede del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF), investigadores, estudiantes, antropólogos, arqueólogos, lingüistas, médicos naturistas y estudiosos de las culturas bolivianas se reúnen para inaugurar una edición que, más que cualquier otra, obliga a revisar el pasado. La Reunión Anual de Etnología (RAE) llega a sus 40 años. Mientras afuera la institucionalidad cultural boliviana atraviesa uno de sus momentos de mayor incertidumbre, dentro del MUSEF se celebra precisamente aquello que las instituciones políticas suelen construir con mayor dificultad: continuidad.

Desde agosto de 1987, la RAE ha reunido a investigadores de distintas disciplinas para discutir una Bolivia que nunca ha sido sencilla de clasificar. Cuatro décadas después, el balance habla de 4.085 ponencias, 4.962 expositores y más de 2.300 artículos académicos publicados. La reunión, que nació con tres días de duración, hoy se extiende durante cinco jornadas y ha llevado su experiencia también a Sucre, Santa Cruz, Cochabamba y Trinidad. Pero las cifras solamente permiten medir la dimensión del fenómeno. Para comprender su importancia hay que volver a los nombres.

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1987: los nombres que comenzaron a mirar el país

La primera Reunión Anual de Etnología se realizó en agosto de 1987 bajo la dirección de Hugo Daniel Ruiz. Tenía antecedentes en las llamadas “Charlas Sabatinas” y nació en un momento en que Bolivia atravesaba transformaciones políticas y económicas profundas. El MUSEF comenzaba a consolidarse como un espacio de discusión sobre la sociedad y la cultura, y aquella primera reunión reunió investigaciones que hoy permiten observar cuáles eran las preguntas que preocupaban a los estudiosos del país.

Los documentos originales conservan incluso la materialidad de aquel tiempo. Muchas ponencias fueron escritas a máquina de escribir y posteriormente digitalizadas. Los papeles de 1987 son, en cierta forma, parte de la arqueología de la propia antropología boliviana.

La nómina es extensa y, precisamente por eso, reveladora.

  • Patrice Lecoq: Presentó el “Proyecto Arqueológico y Etnográfico Uyuni”, centrado en las caravanas de llamas, el simbolismo y el sistema de trueque de sal entre el altiplano y los valles orientales.
  • Ignacio Apaza Apaza: Expuso sobre “El Tata Wanquiña”, un ritual de fertilidad y del agua observado en Tahua, incorporando tradiciones orales sobre la formación del salar y las características lingüísticas de la zona.
  • Ricardo Balza: Presentó un estudio socioetnográfico de Acalaya, población ubicada en la zona central de Uyuni, vinculado con excavaciones arqueológicas.
  • Ramón Conde Mamani: Disertó sobre el “Movimiento Indio Kasikal e Iglesia Católica: 1910-1930”, analizando el papel de la Iglesia en el Qullasuyu y la resistencia de los kasisikis de los ayllus de Jesús de Machaca.
  • María Eugenia Choque Q.: Expuso sobre “Religión Aymara: Illimani Achachilla, un Wak’a Mayor”, estudiando los rituales indígenas en el contexto urbano de La Paz y la relación entre la religiosidad aymara y la ideología cristiana.
  • Xavier Albó: Presentó “¡Ofadifa Ofaifa! Un Pentecostés Chiriguano”, sobre un movimiento pentecostal en la región Ava-Chiriguana del Chaco boliviano.
  • Han van den Berg: Investigó las divisiones del tiempo en la cultura aymara y el calendario ritual/litúrgico, comparando fuentes coloniales y la percepción del tiempo según el sol, el clima y los ciclos productivos.
  • Wigberto Rivero: Abordó la cuestión indígena en la Amazonía, incluyendo la situación de Tacanas, Cavineños y Chacobos, la defensa del territorio y los procesos de aculturación y explotación económica. También presentó la experiencia del IPIAB con pueblos indígenas amazónicos y cuestionó la influencia del Instituto Lingüístico de Verano.
  • Felipe Santos Quispe: Disertó sobre el “Movimiento Kasikal y Religión en el Altiplano (1910-20)”, analizando la concepción religiosa indígena y el papel de las iglesias Católica y Adventista.
  • Sondra Wentzel: Presentó investigaciones sobre los Tacana de la provincia Iturralde, centradas en el uso de la tierra, su situación socioeconómica, identidad y los efectos de los procesos de colonización y desarrollo.
  • Mario Califano: Expuso sobre “Enfermedad y terapia entre los Ayoreo”, estudiando las teofanías, la función del chamán (daihsnái) y los cantos terapéuticos (sáude).
  • Martha Hardman, Juana Vásquez y Juan de Dios Yapita: Presentaron investigaciones lingüísticas al servicio de las lenguas nativas, incluyendo materiales de enseñanza y la creación del Instituto de Lengua y Cultura Aymara (ILCA).
  • Mario Montaño Aragón: Investigó un substrato cultural y lingüístico en Santa Cruz relacionado con el grupo Chané y la denominada “lengua X” de las tierras bajas.
  • Pedro Plaza Martínez: Estudió las valoraciones hacia las lenguas nativas y el castellano, así como los prejuicios lingüísticos y sociales que reducían los idiomas indígenas a la condición de “dialectos sin gramática”.
  • Christian Valbert: Presentó una investigación sobre la iconografía del barroco colonial y el lenguaje simbólico de las imágenes religiosas en contextos nativos.
  • Rossana Barragán Romano: Analizó la ocupación urbana del espacio indígena en La Paz durante el siglo XIX y la relación entre la ciudad, las parroquias y la población indígena-campesina.
  • José Huidobro B.: Presentó “Los dioses andinos no han muerto”, sobre la vigencia ritual de antiguos santuarios precolombinos del Lago Titicaca, entre ellos Pilkokaina e Iñakuyo.
  • Roberto Balza Alarcón: Compartió su experiencia de campo en Acalaya, estudiando la lógica económica y la migración de los jóvenes en la región intersalar.
  • Fernando Cajías de la Vega: Investigó la población indígena de Oruro en el siglo XVIII, su organización territorial en repartimientos y los efectos demográficos de la colonización.
  • Julia Elena Fortún: Disertó sobre “Política Intercultural” y propuso la creación de Centros de Tecnificación del Campesino (CETECA).
  • Cristina Canedo: Presentó una aproximación histórica a la pintura mural de la Iglesia de Carabuco y su lenguaje plástico y simbólico en relación con el poder colonial.
  • Inge Maria Harman: Analizó las relaciones de ayuda mutua, ayni y mink’a, entre los Yuras de Potosí y su importancia para la organización socioeconómica.
  • Efraín Cáceres Ch.: Estudió la afirmación de la identidad cultural en el Sur Andino a través de la medicina y los procesos de sanación ritual realizados por especialistas como el Altomisayoc.
  • Roger Rasnake: Analizó la acción política y el sindicalismo campesino en Potosí, comparando las estructuras de los ayllus con las formas sindicales modernas.
  • Freddy Bustillos Vallejo: Investigó “El Erke”, su presencia en el carnaval tarijeño, construcción, escala musical y distribución geográfica.
  • Mauricio Mamani P.: Estudió los instrumentos musicales de los Andes bolivianos y su función social y comunitaria, incluyendo la tarqa y el pinkillu.
  • Henry Stobart: Presentó un estudio sobre la música campesina del Norte de Potosí, la fabricación de instrumentos y las grabaciones realizadas en comunidades trilingües.
  • Roberto Fernández Erquicia: Expuso sobre las fiestas tradicionales aymaras y su relación con el tiempo, el espacio, las divinidades andinas y los ciclos productivos.
  • Gonzalo Iñiguez Vaca Guzmán: Investigó las coplas de Pascua del valle de Tarija, particularmente en San Lorenzo y Padcaya, y el papel del violín y la copla.
  • Andrée Langevin: Presentó investigaciones sobre la etnografía de la música de Kantu en Quiabaya y sobre cuestiones metodológicas de la etnomusicología, proponiendo una “etnomusicología de urgencia” para documentar tradiciones en riesgo.
  • Gonzalo Aguilar Dávalos: Estudió el folklore y los mitos de la fiesta patronal de Covendo y recuperó datos históricos y crónicas sobre los Mosetenes del Beni.
  • Marie Lissette Canavesi de Sahonero: Analizó las ferias y mercados paceños y la dinámica social y económica de la informalidad urbana desde una perspectiva antropológica.
  • Nicolás Suárez Eyzaguirre: Investigó la música autóctona para tarkas y defendió la vigencia de su sistema musical frente a los procesos de aculturación.
  • Walter Arrueta H.: Presentó “El Tinku”, estudiando el ritual de Macha, su vestuario, música y el concepto de yanantin como unión de opuestos.
  • Luis Antonio Rodríguez: Planteó bases teórico-metodológicas para comprender la cultura popular en Bolivia, cuestionando el eurocentrismo académico y proponiendo la revalorización de las culturas oprimidas.
  • Alfredo Aparicio Candia: Presentó un informe sobre la Carrera de Antropología-Arqueología de la UMSA, creada en 1984, y su papel en la formación de la disciplina en Bolivia.
  • Basilio Mamani Quispe: Expuso sobre la investigación al servicio de las lenguas nativas y planteó la necesidad de descolonizar sus gramáticas y fortalecer su enseñanza.
  • Luis Oporto Ordoñez y Miriam Cuevas Fernández: Presentaron los recursos y fuentes documentales del MUSEF y destacaron el papel del museo como custodio de la memoria histórica.
  • Alicia A. Fernández Distel: Presentó una reseña de la obra “Die Tacana”, de Karin Hissink y Albert Hahn, abordando la organización social, economía, rituales y formas de asentamiento de este pueblo.
  • Toribio Tapia Valencia: Presentó “Medicina del Sagrado Ande”, un recorrido desde Tiwanaku por la filosofía aymara de la salud y la medicina kallawaya.
  • Álvaro Diez Astete: Presentó un ensayo sobre la historia de la antropología boliviana, desde el naturalismo social del siglo XIX hasta la sociología indigenal y la escuela de Warisata, realizando una revisión crítica de sus principales corrientes.
  • Alex Gossens: Investigó a los Ayoreos de Poza Verde, su relación con las misiones, la sedentarización forzada, la mendicidad urbana y los desafíos éticos de la intervención antropológica.

Visto en conjunto, la lista de nombres resulta casi una radiografía intelectual de la Bolivia de finales de los ochenta. Estaban allí el altiplano y la Amazonía, las ciudades y las comunidades rurales, las lenguas y las fiestas, los ayllus y los sindicatos, la medicina tradicional y la religión, la música y la arqueología, los archivos y las instituciones. No era una antropología encerrada en una sola región ni en una única corriente de pensamiento. Era un campo que empezaba a descubrir la magnitud de su propio objeto de estudio.

La pregunta incómoda: ¿quién había contado Bolivia?

Uno de los trabajos más significativos de aquella primera RAE fue el de Álvaro Diez Astete, entonces vinculado al Área de Investigación del MUSEF. Su ensayo “Acerca de la antropología boliviana” no se limitaba a reconstruir una historia disciplinaria. También cuestionaba la manera en que se había construido el conocimiento sobre los pueblos indígenas.

Revisaba críticamente a autores como Bautista Saavedra y Belisario Díaz Romero, cuyas interpretaciones habían contribuido a discursos racistas y evolucionistas, y colocaba en esa discusión la obra de Franz Tamayo. Al mismo tiempo, reconocía la importancia de investigadores como Paul Rivet, Erland Nordenskiöld, Métraux e Ibarra Grasso en la consolidación de una antropología más sistemática. La pregunta que estaba debajo de aquella revisión histórica era incómoda: ¿quién tiene derecho a producir conocimiento sobre los otros? La RAE de 1987 comenzaba a cuestionar la mirada desde la cual Bolivia había sido estudiada durante décadas.

“La cultura no es un objeto distante”

Es en este punto donde el discurso de Jédu Sagárnaga establece un puente directo entre 1987 y 2026. Después llegó una de las definiciones más importantes de su discurso: “La cultura para nosotros no es un objeto distante que deba ser simplemente contemplado. Es una construcción viva, dinámica, compleja, en permanente transformación que necesita ser discutida, cuestionada, comprendida y, sobre todo, compartida”.

Porque eso es precisamente lo que puede observarse al comparar sus primeras ediciones con la actual: una cultura que dejó de ser entendida solamente como un conjunto de tradiciones que había que registrar para convertirse en un campo vivo de disputas, transformaciones y conocimientos.

Sagárnaga utilizó otra idea para explicar la filosofía del museo. Recordó al arqueólogo Mortimer Wheeler y su afirmación de que el arqueólogo no excava cosas, sino gente. A partir de allí sostuvo que el MUSEF tampoco muestra simplemente objetos.

“Detrás de cada pieza hay una historia, detrás de cada objeto hay una persona”, explicó, y detrás de cada expresión cultural existe una sociedad que encontró allí una manera de explicar el mundo, relacionarse con la naturaleza, convivir y expresar sus conocimientos y esperanzas. Por eso, concluyó, el museo guarda nuestra historia, nuestros sentimientos y, en buena medida, nuestra identidad.

Esa concepción permite entender por qué las ponencias de 1987 siguen teniendo importancia. No son simplemente documentos académicos antiguos. Son testimonios de cómo distintas generaciones de investigadores intentaron acercarse a las personas que producían esas culturas.

2026: cuando la pregunta es cómo sanar

La RAE de 2026 introduce un cambio significativo. El eje de la reunión es “Expresiones. Remedios para cuerpos y almas” y la pregunta por la cultura aparece ahora estrechamente vinculada con la salud.

La RAE 2026 reúne más de 100 ponencias y alrededor de 150 expositores en torno a varias líneas de investigación: saberes ancestrales y respuestas contemporáneas, farmacopea natural, centrada en plantas, animales y recursos de la biodiversidad utilizados con fines medicinales y alimentarios; arqueología e historia de la salud, enfermedades y sistemas medicinales de épocas prehispánicas y coloniales; y salud mental y espiritualidad, donde se abordan concepciones como el ajayu, el susto, los padecimientos comunitarios y el uso ritual de plantas y hongos. En conjunto, las investigaciones plantean una mirada de la salud que trasciende la medicina convencional y relaciona cuerpo, territorio, conocimiento, comunidad y espiritualidad.

La publicación de Crianza de la Buena Salud, un volumen especial de 400 páginas a todo color, forma parte de esta celebración y reúne investigaciones vinculadas con la temática de esta edición, además de rendir homenaje a quienes construyeron la historia de la RAE. El libro tiende un puente entre dos épocas: en 1987 muchas investigaciones llegaron al MUSEF escritas a máquina; en 2026, cuatro décadas de conocimiento se reúnen en una nueva publicación. Han cambiado las herramientas, los lenguajes y las formas de circulación, pero permanece la necesidad de observar, registrar y comprender una sociedad en permanente transformación. La RAE conserva, además de sus archivos, algo menos visible: una memoria intelectual de Bolivia.

Un museo que recibe una herencia

Sagárnaga sabe que su gestión comienza sobre una institución que ya posee una historia larga. Durante su discurso recordó que “el MUSEF no comienza hoy”. Tiene memoria, experiencia y, sobre todo, personas que conocen y quieren lo que hacen. La tarea de la generación actual, dijo, consiste en recibir esa herencia, cuidarla, enriquecerla y entregarla a quienes vendrán después.

Para explicar su papel utilizó una imagen curiosa: el aparato de Golgi. Si esa estructura celular recibe, organiza y dirige, su función como director sería modestamente contribuir a que las cosas encuentren su cauce, facilitar procesos y articular esfuerzos.

Pero enseguida hizo una precisión: el MUSEF es mucho más que una máquina. Es una institución viva y precisamente por estar viva necesita de todas sus partes, de todos sus conocimientos y de todas sus voluntades.

A lo largo de estas cuatro décadas, la Reunión Anual de Etnología también ha estado acompañada por distintas generaciones que asumieron la dirección del MUSEF: Hugo Daniel Ruiz, Elizabeth Torres, Ramiro Molina, Elvira Espejo, Patricia Álvarez y, actualmente, Jédu Sagárnaga. Cada uno recibió una institución y una RAE con una historia acumulada y dejó, a su vez, una nueva capa en esa memoria, sosteniendo una de las iniciativas académicas y culturales más persistentes del país.

La cultura más allá de la gestión

En los últimos días, la discusión sobre la cultura en Bolivia se ha concentrado cada vez más en las demandas de los sectores culturales, los gestores, los artistas y quienes trabajan profesionalmente en este campo. Son discusiones necesarias, pero en ellas corre el riesgo de quedar relegada otra dimensión que la Reunión Anual de Etnología lleva cuatro décadas poniendo en el centro: las prácticas y los saberes, las lenguas, los rituales, las formas de entender el cuerpo y la enfermedad, las relaciones con el territorio, la memoria y las maneras en que las comunidades transforman cotidianamente sus propias formas de vida.

La cultura no se agota en quienes gestionan o producen actividades culturales; también está en aquello que una sociedad hace, transmite, modifica y conserva, muchas veces lejos de las instituciones. En un momento de crisis de la institucionalidad cultural, volver la mirada hacia esa dimensión no es un ejercicio académico. Es recordar que la cultura de un país se construye mucho más allá de quienes hablan en su nombre.

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