
Por Lucía Camerati
Las cortinas del Teatro Nuna se abrieron y lo primero que enfoqué fue ese pañuelo palestino en su espalda, su saludo incluyendo a “todes” dicho sin pedir permiso, y una forma de habitar el escenario en paz, pero también llevando un testimonio de toda su vida. René Uzqueda, con una postura política clara en el cuerpo, nos ocupó con su segundo disco. Pasó de ser nostalgia a palabra actual.
La sala llena no fue casualidad porque hubo un trabajo insistente de difusión. Alicia y Leticia Arce sostuvieron la circulación desde la creación de contenidos audiovisuales y piezas breves para redes que orquestó Ximena Quiroga, su esposa, su amiga, su compañera. Llegaron amigos de otras ciudades, se dieron cita los amantes de su trabajo y también aquellos que habían escuchado sobre su anterior disco. Había quienes habían guardado su primer álbum haciéndolo llegar, incluso, a Jorge Drexler. Era una sala repleta de aquella comunidad que llegó con historia, que reconoce versos y melodías, que entiende que aquí la canción “no se acaba, solo para descansar”.

Como en sus letras, lo vimos a contraluz, entrando por el borde de sus canciones, dejando que las imágenes se acomoden por sí mismas. Allí presente, su guitarra, solo y acompañado por Mao Khan, Arpad Debreczeni, Mauricio Segalez y José María Santalla, combinando las voces de Daniela Pabón y Christian Benítez, y regalándonos cuecas con Carla Derpic en la quena y Álvaro Ibañez en el bandoneón. Sosteniendo posturas, amor e intimidad. Anteriormente le había preguntado sobre el contenido de sus canciones. “Me empujan a crear cosas más reflexivas… pero terminan en canciones de amor”, me dijo sonriendo. En escena, esa respuesta se verifica.

Mao Khan, productor musical
El concierto avanzó sin apuro, tuvo dos partes; había que descansar del desborde. Entre canción y canción, Uzqueda leía. Contaba. Se detenía. Volvía sobre su paso por Cuba, sobre su formación como médico y como compañero de cuarto, sobre esa idea persistente de la utopía, donde se camina dos pasos y el horizonte se corre más allá. En varios momentos, la música cedía lugar a la palabra explicada, como si el propio autor quisiera mostrar su tejido del lado izquierdo. De pronto, junto a Arpad, una canción sueca con el clarinete en sus manos, un intento de baile y el mundo en su vida, lleno de viajes a otros países. Una felicidad inexplicable. Qué bello es cuando un artista conoce calle y mundo.
El primer disco: una rareza necesaria
“Es como haber hecho una interrupción y continuar”, había dicho alguna vez. Entre ese primer disco de 2007, que se volvió un objeto casi mítico dentro de la trova boliviana, y este nuevo trabajo, la vida se reorganizó en otro lado: Suecia, la medicina, Ximena a su lado y la distancia. Pero la música siguió acumulándose. Nosotros, aprendimos a esperar.
Ese disco fue durante años el único. Y eso lo convirtió en algo más que un debut: era toda su obra disponible, un disco cuya tapa optó por la pintura inigualable de Mario Conde, un disco que circuló poco, pero intensamente, y que hoy también está en plataformas.
Entre gente que escucha trova, se volvió un objeto casi de culto. No solo por su escasez, sino por su forma de escribir. En un contexto donde muchas canciones tienden a ser directas, Uzqueda apostaba por la construcción poética, un pensamiento que sigue presente en su trabajo actual.
En entrevista lo explicaba así: “es un trabajo donde se han acumulado muchas vivencias, muchas emociones, muchas influencias”. Y ahí aparecen capas como Cuba y la nueva trova, Brasil, la música latinoamericana que venía desde su casa, el reencuentro con Bolivia a través de la cueca, y no cualquier cueca, sino la chuquisaqueña… y con mandolina.
Escucha el primer disco
Volver desde otro lugar
Han pasado casi veinte años. Ximena Quiroga lo anunciaba entre amigos: “El René está grabando su disco en Cochabamba”. El rumor se volvió coro de canción, sabíamos que se venía algo contundente. Entre medio, Uzqueda va y viene de Suecia con frecuencia; es su segundo país, trabaja como médico, dejó de tocar en vivo. Pero no dejó de escribir.
“Estoy componiendo… acumulando material”, nos decía. Y ese material es el que termina armando el disco. El proceso no fue lineal. “Trae todo lo que tengas”, le dijo el músico y productor cochabambino Mao Khan. A partir de ahí, las canciones se fueron definiendo. “Hay canciones que se transformaron en algo completamente distinto… mejor de lo que había imaginado”, me comentó.
El disco tiene nueve piezas: seis canciones y tres instrumentales. Hay cuecas, hay canciones más cercanas a la trova, hay exploraciones que no responden a un formato fijo. Pero hay una decisión importante: solo tres canciones están en plataformas. El resto se encuentra en el disco físico. Es una manera de invitarnos a escuchar el trabajo completo. A volver a esa idea de obra. Me compré el disco antes del concierto; nos enfrentamos a las canciones en el concierto, pero había que sentarse a escucharlo después de la emoción, y ahí es donde una se encuentra frente a su poesía.
Las palabras
Sus textos (los leídos en el concierto) acompañan algunas piezas, y es un alivio porque también son otra capa de escritura que agradezco en el alma.
El texto que acompaña la canción Contraluz dice:
“Recordando esos años de penumbra, pero también de mucha luz, escribí una especie de pequeño álbum de recuerdos, a manera de uno por verso, donde todo comienza en un patio, bajo el sol de la tarde temprana, y termina con el ya desangelado cantor tras la doble ventanilla del avión de regreso a casa.” Allí nos damos cuenta de que no es un tema romántico, sino una forma de nombrar momentos y una suma de imágenes. “La luna de tu espejo en retirada” nos canta. Es un recuerdo no lineal, pero organizado.
En otro momento, la composición se vuelve un homenaje a la canción uruguaya y lo explica de frente: “Las zambas de Alfredo Zitarrosa están casi siempre teñidas de una fatalidad… hice esta zamba imaginándola cantada por el ‘Zita’”. Pero después añade el giro que define su manera de escribir: “Mucho después me di cuenta de que el texto en realidad pretende evitar la fatalidad”. Es decir, la canción nace dentro de una sombra, pero termina discutiéndola. En sus versos, incluso la tristeza se resiste a cerrarse: “hay canciones que se acaban / y otras solo paran para descansar”.

Otro tema para detenerse es cuando menciona a William Faulkner. Nos canta cómo es una mañana en temporada de lluvias en la ciudad de La Paz. Tengo que leer a este escritor, me digo. ¿Cómo habrá hilado René Uzqueda la literatura con la lluvia paceña? De esa mezcla surge una canción donde el clima no es decorado, sino estructura emocional. “Un presagio de lluvia con voz de lodo/Ha dejado en la hierba un asombro de mar», escribe. ¿A dónde se irá después el mismo René, después de dejarnos esta joya?, nos decimos rumorando como animales.
En Qué será verdad, tema que ya está en plataformas, juega con muchas preguntas junto a Daniela Pabón, seguramente existenciales. Y la canción se sostiene justamente en eso, en no resolver nada: “¿la naranja o el invierno?”, para después decirnos que Edgar (el amigo que lo acompaña desde hace varios años) prefiere la naranja, siempre la naranja. Otra pregunta: “¿tus fantasmas o la sábana en mi cuello?”, «¿Mi hojarasca?, ¿ tu poesía?». La escritura no busca respuesta, busca movernos, empujarnos a la respuesta. Tal vez desea que todos le contestemos como Edgar, la naranja siempre la naranja.
Hay también momentos donde la canción nace de un instante preciso, casi geográfico. Lo que vendrá está anclada en Lisboa y nos cuenta:
“Enero de 2016, noche cerrada sobre el cielo… se oyen las olas del río Tejo. Es un momento calmo, de algo muy parecido a la felicidad, que sin embargo no se atreve a ser feliz, por culpa de aquel duende que, siempre posado en mi hombro, me acerca la incertidumbre de lo que vendrá.”. Y desde ahí se abre una reflexión sobre la felicidad que no termina de afirmarse: “Un momento calmo, muy parecido a la felicidad, que sin embargo no se atreve a ser feliz”.
En otras piezas, el lenguaje cotidiano se convierte en materia poética. Sobre Palabra, apunta: “Es costumbre en el modo de hablar paceño hacer promesas de encuentro con entusiasmo desproporcionado… ‘te prometo, te juro, palabra’”. La canción trabaja sobre ese compromiso cotidiano, sobre la distancia entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurre. El lenguaje como territorio frágil. Podría decir que es la canción más encriptada a nivel poético; con esa explicación, cualquiera esperaría jergas paceñas de farsantes, pero nos sale con cosas como: “Palabra, que si me acompañabas / me alzaba con tus alas, me olvidaba hasta de mí…”. Es mi canción favorita. La escuché y la relacioné directamente con composiciones como las de Luis Pastor, con ese aire de no sé dónde, pero que parece portugués o brasileño. Avizoro que será la canción más cantada de este disco.
Después de los otros temas instrumentales, finalmente está la cueca 1976, donde la música desaparece como relato para dejar espacio a la historia y a los instrumentos. El texto que la acompaña es una crónica familiar y política al mismo tiempo: “Se habían llevado a rastras a una muchacha… por revoltosa, por roja, por pobre, por mujer”. Esa historia, la de su madre, el exilio, la huida, el regreso, atraviesa todo sin necesidad de ser cantada. Allí nos sacude con la quena y el bandoneón, una cueca boliviana pero con aire argentino, a deportación, a exilio. El cierre del texto lo resume todo en una sola imagen burocrática y brutal:
“Tiene usted una prohibición de reingreso al país… lo único que hay escrito… es un año sin fecha: 1976”.

Hay algo que René repite en sus entrevistas y que termina siendo clave para entender todo: “me cuesta mucho la parte de los textos”. Diríamos que es muy humilde al decirlo, porque es un poeta en escalada, un compositor prolífico cuyo pensamiento poético traspasa la guitarra. Se ata a las palabras que nos quiso decir, pero las dice.
Hubo una demora de años para regalarnos esta poesía. Su proceso fue largo y se agradece: por la madurez de la música, por la elección de un productor como Mao Khan y por sus invitados. Extrañábamos su ventana; esta vez la abrió de par en par. Y empezó a mirar tierras, a gritar consignas con su postura política bien puesta, a llenar de paz el lugar, como se debe habitar el mundo: recordando siempre la biografía, las ciudades, los inviernos, las noches y las luces.
Alguna vez algún seguidor le habrá pedido un nuevo disco. Y es muy posible que él haya respondido, como siempre: palabra. Y cumplió, como cumplen los que siguen detrás de su Dulcinea.
Fotos de Carlos Fiengo.
Escucha Palabra del último disco:

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