
Uno no va a la terminal buscando sanar nada. Va a despedirse, a llegar tarde, a cargar maletas, a comprar pasajes o irse por el país. Y sin embargo, entre ese ruido espeso de motores y voces, hay una posibilidad mínima: quedarse antes en una esquina, equivocarse de paso, y tropezar con otra cosa. Ahí, en la Av. Uruguay 491, casi pegado a la Terminal de Buses de La Paz, aparece El Bunker Casa de Creación como si no quisiera llamar demasiado la atención. Pero lo hace a plan de micro teatro.
“Ruda, Retama y Romero” podría leerse como pequeñas obras de sanación. En realidad es un pequeño accidente en la rutina. Un pretexto para entrar a un espacio donde las heridas no se explican, se rodean. Donde no hay una sola historia, sino cuatro, sí, cuatro y ninguna se entrega completa si uno no decide moverse.
El recorrido: cuatro salas. Cuatro tiempos. En la Sala Ruda, el texto de la literata Montserrat Fernández Murillo, llevado por la dirección de Nina Gonzales, se sostiene en la tensión de Mónica James y Tania Quiroz, como si algo estuviera siempre a punto de decirse y no terminara de salir.
En la Sala Retama, César Antezana y Flavia Lima escriben una materia más áspera, que Mayra Paz conduce hacia una interpretación donde Alexis Maceda no busca comodidad, sino fricción.
La Sala Romero, con texto de Claudia Peña Claros y dirección de Mariel Camacho, respira más lento; Carmencita Guillén Ortúzar sostiene ese pulso donde sanar parece implicar tiempo, espera, algo que no se puede apurar.
Y en la Infusión completa, Denisse Arancibia Flores propone un cruce, una condensación dirigida por Arlen Marca, donde Avril León recoge lo que queda suelto, lo que no terminó de cerrarse en las otras salas.
No hay orden. No hay obligación. El espectador decidiremos por dónde empezar, qué dejar para después, cómo armar su propio mapa. Y en ese gesto, la obra cambia. Se vuelve otra cada vez.
“Ruda, Retama y Romero” se presentará todos los sábados y domingos de mayo a las 17:00, en El Bunker Casa de Creación. Producción del propio espacio, con el apoyo del Fondo de Mujeres Apthapi Jopueti.
Pero quizá lo más interesante es esto: uno puede llegar por error. Como quien va a la terminal por otra cosa y termina entrando. Y de pronto, sin buscarlo demasiado, algo se mueve. No se cura del todo. Pero cambia de lugar, quizás para siempre.

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