DON FIRPO ROMERO: EL QUIJOTE DE LA BICICLETA

“Quiero morir cantando al amanecer”
Hugo Monzón


Claudia Daza/ periodista

Don Firpo era un danzante en su tierra. Sus pies se anclaron en los pedales y las cuecas, se envolvió en ternos elegantes y atuendos de ciclista. Ciudadano ilustre del 39, caballero de una larga barba blanca, fue de esos chapacos alzaos y quijotes actuales, que en vez de andar junto a su Rocinante optó por pedalear una Raleigh, y en vez de cargar una lanza decidió estirar el brazo sujetando un pañuelo. Así lo quise conocer, pero solo llegué a ver su bici. Se había marchado, quizás bailando al amanecer.

Las cebras de Tarija son poquitas, pero el Día del Peatón, hace algunas semanas, se organizaron en fila para hacer un minuto de silencio ante la bicicleta de don Firpo. Las acompañaron los ciclistas profesionales y aficionados, gente de la Alcaldía tarijeña y sus dos hijos, Ana y Hugo. La trompeta triste sonó ante la foto de Hugo Emilio Romero Arancibia, su verdadero nombre. Se entregó un diploma a los familiares y después se inició la caravana de bicis por el casco central de la ciudad. Cebras, chicos, chicas, viejos, niños comenzaron a recorrer aquellas vías que ya no volverán a sentir su pedaleo.

Yo era de las que le puso like y compartió varias veces el video de don Firpo bailando. El famoso registro llegó hasta los ojos de Marcelo Tinelli el año 2019, y es que el caballero con terno blanco y corbata roja daba cátedra en cueca, tenía un andar especial, hacía pausas hermosas y después corría como volando hacia su pareja, le daba cierto carácter al pañuelo, movía el cuerpo como un animal ligero, era un poco pícaro, más bien un hombre elegante, te hacía sentirlo especial, y más aún con la voz de Chaqueño Palavecino en la cueca Quiero morir cantando. Nada más magistral que un hombre de casi 80 años bailando como los dioses ordenan.

Sin embargo, fueron varias personas las que ya me habían empezado a contar muchas cosas más sobre él: que siempre pasaba en bici por la plaza, que era muy charlador, que te podía conversar horas y horas, que bailaba lindo, que había actuado en películas y que había llegado al mar de una manera loca. Eso me llamó la atención. No quedaba otra que sentarme en la plaza con sus hijos.

Aún con la tristeza de haber enterrado a su padre una semana antes, Ana repite sin cansarse que su padre dio su vida al departamento de Tarija, que ganó muchísimos premios y que incluso fue un gran alcalde en el municipio de Bermejo.

En el libro Vidas Luminosas, René Aguilera Fierro cuenta sobre su vida en Argentina, donde estudió Restauración de Bienes Culturales y Arquitectónicos, además de formarse en periodismo. También cuenta que trabajó en una agencia de publicidad en Buenos Aires, vinculándose a gente famosa como Susana Giménez.

—Hacía las gigantografías de los artistas —me dice orgullosa su hija.

También se dio una vuelta por Italia, Pakistán, India o Arabia Saudita cuando trabajaba con la empresa argentina Technit. Sin embargo, la odisea que más destacan sus seguidores, sus amigos y sus hijos es aquella que hizo para demostrar que se podía llegar al mar desde Tarija. Nuestro aventurero, su hermano Lairos (Jorge Demetrio) y algunos amigos se habían propuesto construir una embarcación cuadrada rudimentaria para atravesar el río Bermejo y poder llegar hasta Buenos Aires. René Aguilera cuenta que el recorrido en la embarcación “Bolivia hacia el mar” inició un 23 de marzo de 1969.

Hugo, el hijo, me cuenta que viajaron como cuatro meses, que se lanzaron a la deriva y que casi mueren baleados y de hambre.

—Cuando pasaban por Paraguay los agarraron a tiros, no les dejaban llegar a la bahía. Y otros días tuvieron que comer sapos porque ya no tenían nada que comer —sonríe Hugo contando la hazaña de su padre.

Pero lo lograron. Llegaron sin ninguna otra loca novedad y la naval argentina los recibió, llegaron al mar. Solo nos quedan esos relatos y la imaginación del cineasta Diego Pino, a quien se le ocurrió, recientemente, filmarlo para el videoclip Háblame del mar marinero, donde Zulma Yugar canta recorriendo el desierto y don Firpo arrastra con sogas una tina donde yace una sirena. Quizás así fue de mágico, don Firpo insistiendo para hablarnos del mar, para llevarnos al mar a toda costa, el ciclista perdido en el río insistiendo en llegar al mar, como un marinero lleno de barro, jalando una y otra vez en nuestras propias arenas.

Pero si su bicicleta nos hablara, también nos contaría que la pedaleó para llevarla de Tarija a Buenos Aires durante dos meses de viaje, nuevamente con su hermano Lairos. Si revisamos un poco de historia, después de la Segunda Guerra Mundial, la marca Raleigh se hizo conocida por sus modelos sports roadster deportivas. Es una bici ligera, liviana y más rápida que las tradicionales. Será por eso que don Firpo nunca abandonó su bicicleta, a pesar de las críticas que seguramente le hacían aquellos que no conocían la reliquia y joya histórica que llevaba con él. La bici era de su padre y la manejó alrededor de 30 años. Ana cuenta que Firpo la limpiaba, la lavaba todos los días, que era su bici eterna, que incluso había un tiempo en que no tenía frenos y aun así la dominaba para subir a la loma en busca de pancito y para pasear por Tarija, donde lo atropellaron hace unos años. Se rompió el brazo y dio un susto incluso a toda la ciudad; sin embargo, se repuso junto a su bicicleta vieja. En esos afanes de ciclista, de participar en competencias y ganarlas, ser parte de varias jornadas de ciclismo, empezó a generar más conciencia con muchos amantes y activistas del pedal, tanto así que lograron, con él, promover la ley municipal del ciclismo.

En una entrevista con La Voz de Tarija, don Firpo señalaba: “Creo que en Tarija se puede andar en bicicleta pese a la indisciplina, todos quieren ser primeros, yo recibía antes unos 50 insultos al día porque les hago señas y tengo que pararme para hacer respetar mi carril, hoy la gente está tomando más conciencia, la gente ha comenzado a tener más respeto a los ciclistas”.

En ese colectivo de ciclistas conoció a Alba Gareca, quien sería la pareja de la cueca que lo inmortalizó en las redes sociales. Solo ensayaron una vez, a don Firpo le gustó la fluidez de la ciclista y se presentaron en la plaza con traje de gala. Alba se prestó un vestido para la ocasión, alucinó bailar con él y fue la que durante mucho tiempo estuvo respondiendo en redes sociales la respuesta de residentes bolivianos en el extranjero que vieron el video con mucha emoción. Sin embargo, queda claro que no solo fueron compañeros en la cueca, sino también en esa lucha constante por un trato digno a los ciclistas tarijeños. Y lo lograron, los ciclistas tarijeños ya tienen sus carriles. El día que su compañero ciclista y de pañuelo murió, Alba escribió en sus redes: Un hombre como usted no muere, solo se aleja pedaleando ligero. Resérveme una cueca, maestro.

Afortunadamente fue reconocido en vida. Queda nomás la resignación, como dice la cueca que bailaba, quedan varias películas con su presencia, quedan sus historias y las conversaciones que quizás sostuvo con varios chapacos amigos y conocidos, quedan las cuecas que interpretó, quedan los espacios para ciclistas en Tarija, queda una ley, queda su terno, su pañuelo y su bicicleta Raleigh. Quedan sus hijos, Hugo y Ana, que siempre lo recordarán con la frase que siempre les decía, a toda hora y a su ritmo: Vivan felices, todos los días son buenos para nacer y todos los días son buenos para morir.

Una nota publicada en la Revista Rascacielos.

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