
Cuando muere un artista, el vacío es un asunto de interés público; pero cuando muere el compañero de vida, el vacío se vuelve una herida íntima que se debe aprender a transitar. Hace un año, la escena cultural de La Paz perdió a Diego Massi: actor, escritor, gestor y, sobre todo, un provocador creativo. Sin embargo, en las paredes de El Bestiario, el espacio que ambos levantaron, el reloj no se ha detenido. Juan Pablo García, su pareja y socio, lo explica con una serenidad conmovedora: «Claro, hay la ausencia física, pero yo no siento esa ausencia al 100%. Al contrario, lo siento cada día más presente… el Diego era una persona tan fuerte, tenía una energía y una presencia única que eso ha trascendido».
El reportaje que se convirtió en hogar
La historia de El Bestiario no nació de un plan de negocios, sino de la curiosidad periodística. Juan Pablo llegó a La Paz desde Sucre para un diplomado y terminó trabajando en el área de cultura del periódico Página 7. Fue allí donde le tocó entrevistar al actor que retomaba sus actividades con el grupo Pequeño Teatro. «Empezamos a hablar a partir de la entrevista y nada, empezó a surgir la relación amistosa. Todo comenzó por el periodismo», recuerda Juan Pablo.
El destino se aceleró tras una crisis en el grupo de teatro de Diego. En apenas 48 horas, lo que parecía un final se convirtió en el nacimiento de algo nuevo. «Una noche charlando con el Diego los dos empezamos a buscar el nombre… y nació ahí El Bestiario, con una máscara de la Chiquitanía que le regalé». Esa máscara se convirtió en el logo del lugar. El compromiso fue total y casi inmediato: a las horas de concebir el proyecto, ya estaban viviendo juntos en el espacio cultural para sostener el alquiler y el sueño. «Ha sido desde ahí como se empezó a convertir nuestro hogar. Empezamos a acercarnos más como pareja… a tener un norte en común».

La estética de la transformación
Diego Masi no era un artista de vitrina. Para él, el arte era una «experiencia compartida» y cada noche en El Bestiario era una escena en construcción. Tenía la habilidad de un alquimista para rescatar la belleza del caos. Juan Pablo relata cómo Diego podía ir a El Alto y encontrar parlantes de los años 90 que no funcionaban: «Yo le veía haciendo el intento de que funcione y a veces no funcionaba… siempre el Diego metido en un cablecito, en un huequito, haciendo algo».
Esa capacidad de transformación se extendía a la cocina y a la barra. «Como un tomate se convertía en salsa, igual un texto se tenía que convertir en teatro para el Diego». En sus últimos años, esa pasión lo llevó a la destilería. Trajeron un alambique desde el Perú para crear su propio gin, un proceso que compartía con su hijo Marino. La barra era su escenario final: «Era su lugar, porque siempre estaba mezclando cosas… además de tener una charla intensa con el Diego, tenías algo delicioso que tomar, porque él preparaba algo distinto para cada persona».
El teatro y el derecho a la libertad
A pesar de las responsabilidades de la vida cotidiana que lo alejaron un tiempo de las tablas, Diego nunca dejó de ser un dramaturgo. Pasaban noches enteras escribiendo juntos, imaginando mundos. Su última entrega, «Variaciones sobre la lengua de los muertos», protagonizada por Erika Andia y Marta Monzón, fue el testimonio de su rigor artístico. «El Diego en el teatro era super prolijo, todo tenía que salir al dedo», comenta Juan Pablo.
Pero su mayor obra fue, quizás, la conquista de su propia libertad. En una sociedad que empuja a «engranarse en un sistema», Diego eligió lo contrario. Juan Pablo recuerda con orgullo un momento icónico: «Un día se puso una pollera y salimos al Pride con el carrito de El Bestiario y con 30 mariconas y ahí me di cuenta de lo que estábamos haciendo. Era eso; El Bestiario».
El preste del Patrono
Tras su partida, la comunidad de artistas ha decidido elevar su figura a un mito local. Han nombrado a Diego como el » patrono de los artistas». Cada 23 de febrero, circulará de «preste en preste» al estilo paceño, asegurando que su memoria sea siempre una fiesta y no un silencio.
Hoy, Juan Pablo continúa la labor tras un año que describe como «desordenado» y «de cabeza». El apoyo de su hermano, quien dejó el Chaco para acompañarlo, ha sido fundamental para reorganizar el caos. Los sueños que compartía con Diego: llevar una sucursal de El Bestiario a Sucre o Santa Cruz.

«Me siento agradecido… no todos se cruzan con personas así en la vida», concluye Juan Pablo con una gratitud que ha reemplazado al dolor inicial. Mantener El Bestiario hoy es una elección consciente, un acto de amor y responsabilidad que asegura que, mientras las puertas sigan abiertas, la alquimia de Diego Masi seguirá transformando la noche paceña.
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@luciacamerati Un año sin Diego Massi. Así lo recordaron en El Bestiario de la ciudad de La Paz. #lapazbolivia🇧🇴 #bestiario #DiegoMassi #teatro #calle
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