
A propósito del tiempo suspendido que trajo la cuarentena, volvemos sobre algunas entrevistas realizadas años atrás. Esta conversación con Gabo Guzmán surge en el marco de la presentación de Lalay, un disco decisivo en su trayectoria artística.
Por primera vez, Guzmán decide atravesar la música boliviana con su propia voz, asumirla como espacio de riesgo, juego y verdad. Lalay no es solo un disco de versiones y canciones propias: es una declaración íntima sobre la identidad, la memoria y el acto de cantar.
Claudia Daza: ¿Qué es Lalay y desde dónde nace este disco?
Gabo Guzmán: Lalay es el resultado de un proceso largo —aunque también corto— en el que he tratado de buscar una manera de atravesar, de transcurrir la música boliviana con argumentos propios. Es una decisión tomada desde ciertas desesperaciones, desde búsquedas muy personales.
En ese camino decidí que todo este tránsito por la música boliviana tenía que pasar por mi voz. Toda esta vuelta larga es para decir que Lalay es un disco en el que, por primera vez, canto y asumo la responsabilidad de poner mi voz en ocho canciones: ocho versiones donde hay temas míos y también canciones que considero absolutamente fundamentales para la cancionística boliviana, siempre atravesadas por mi mirada y por mi voz. Eso es Lalay.
CD: ¿Qué diferencia a este disco de tus trabajos anteriores?
GG: Creo que la diferencia fundamental es que este es el disco en el que soy más yo. Considero míos los trabajos con Sobrevigencia, los del Taller Taka y, por supuesto, Destrenzas (2011), que fue mi primera producción solista.
Pero nunca como ahora se encuentra a un Gabo Guzmán diciendo lo que necesita decir con su propia voz, permitiéndose trastabillar si eso implica jugar, si eso implica argumentar desde uno mismo. Esa es la diferencia central.
CD: En lo musical, el disco tiene una sonoridad muy íntima. ¿Cómo fue concebido?
GG: Es un disco hecho desde la intimidad que te dan las guitarras. Y casi como un opuesto a Destrenzas, aquí hay un solo músico invitado: mi amigo Víctor Hugo Aliaga, que toca el saxofón.
Todas las guitarras y las voces son mías, y todo está acompañado por la producción de Álvaro Montenegro. Esa decisión responde a una búsqueda de cercanía, de calidez, de un sonido más desnudo.
CD: ¿Qué significó trabajar con Álvaro Montenegro en este proyecto?
GG: Es una respuesta que me encanta dar y quiero que salga linda. No se trata solo de que el disco haya sido grabado en el estudio de Álvaro, que está a cien pasos de su casa, ni de esa convivencia cotidiana donde el grabador te invita desayuno, se preocupa de que comas o de que tengas una cervecita.
En lo técnico —porque Álvaro grabó, mezcló y masterizó el disco— encontré un compromiso que nace del cariño. La intimidad, lo cerquita, lo calurosas que suenan las guitarras solo pueden lograrse desde un oído sabio y atento como el suyo.
Pero también hubo una decisión afectiva: Lalay culmina una búsqueda propiciada por el cariño. Álvaro fue infinitamente comprensivo y amoroso con este disco, y eso habla de la hermosa persona que es.
CD: El disco aparece en un momento político muy fuerte para el país. ¿Cómo dialoga Lalay con ese contexto?
GG: El disco estaba listo y queríamos que salga la última semana de octubre, pero todos sabemos que esa semana definió el rumbo del país por los años siguientes. Pecamos de ilusos.
Después de lo que ocurrió en octubre y noviembre, Lalay adquirió otra vigencia, otra actualidad. Tal vez fue un designio de algo más fuerte que nosotros. Es un disco de versiones de temas fundamentales —desde mi punto de vista— pero escuchados desde este contexto.
Mis canciones dialogan con la migración, con el alejarse, con el preguntarse quién es uno cuando se sale de los espacios de confort y de la cercanía de quienes amamos. Hay una necesidad de decirse y de decir a Bolivia desde uno mismo. Son las mismas motivaciones de siempre, matizadas por este momento histórico y por la oportunidad de hacer un disco como Lalay.
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Lalay es un disco donde Gabo Guzmán deja de bordear la voz para habitarla plenamente. Un trabajo que asume la fragilidad como potencia y el canto como un acto de responsabilidad personal y colectiva.
En tiempos de quiebre, cuando el país se mira a sí mismo con incertidumbre, Lalay propone una escucha atenta, cercana, casi confidencial: una voz que no pretende responderlo todo, pero que se atreve a decirse.
Foto: Archivo Gabo Guzmán

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